Una caja llena de párpados

Por J.C. Guinto

Nuestra parte de noche, el libro más reciente de Mariana Enríquez, con el que ganó el Premio Herralde de novela 2019, está hecho con remolinos de horror y fascinación que atrapan y aceleran el pulso del lector.

Nuestra parte de noche narra los periplos de un hombre que desea proteger a su hijo de una cofradía llamada la Orden. Ellos buscan la vida eterna, y para lograrlo realizan rituales dirigidos por un médium que tiene la capacidad de ser un puente con la Oscuridad. El hombre se llama Juan Peterson. Él es el médium que se transforma en cada ceremonia en un dios de uñas doradas que guía a sus fieles por senderos de dolor. La Oscuridad es filosa, arranca miembros, está hambrienta en el claro del bosque. Pero Juan, al retornar del trance, desfallece. Desde niño es aquejado por una enfermedad del corazón que lo ha hecho un asiduo visitante de las salas quirúrgicas, la última le dejó una cicatriz que le cruza el pecho. A pesar de sus dos metros, es un hombre frágil que cada vez que utiliza su condición de médium se debilita, como una flor que, al cabo de las horas puesta sobre un vaso de agua, se corrompe a pesar de su belleza. 

La novela está hecha por remolinos narrativos. Al inicio de cada una de sus seis partes damos un gran rodeo en torno a los personajes, sus recuerdos, y lo que los ha llevado a ese momento. Juan Peterson es el “paso entre el Tiempo y la Eternidad”, como escribió Edgar Allan Poe. Pero es incapaz de mostrar amor, y cuando lo intenta lo hace de manera violenta. Ser médium lo significa. Él es el conductor de almas, guardián de las puertas, como el dios griego Hermes. Un magneto sexual. Pero también es una supernova a punto de apagarse, que busca obtener un sello mágico que esconda a su hijo de la Orden. La Oscuridad es el centro del vórtice al cual nos dirigen los remolinos.

Cada personaje de esta novela es una caja llena de secretos y resonancias, que se conectan unos con otros a través del tiempo y sus lazos familiares. Gaspar Peterson, el hijo de Juan, es una pieza importante en un juego que no sabe que juega, del que no tiene la más remota idea de qué se trata. Adora y al mismo tiempo desea la muerte de su padre. Sufre episodios de migraña que lo hacen ver flores negras en el cielo. Añora a Rosario, su madre muerta. Gaspar es una llave de puertas a otros mundos. ¿A quién hallará en el bosque de huesos? Vive en un barrio tranquilo, tiene amigos y le gusta el fútbol. Pero no entiende la montaña de secretos que acumula su padre, y su oculta condición de enlace con seres oscuros. Aún así todo parece normal. En el barrio hay una casa abandonada que sus amigos evitan, dicen que está embrujada, quieren entrar en ella, saber qué oculta y por qué vibra todas las noches. Una noche se deciden, pero lo que encuentran en el interior es totalmente diferente a lo que se ve por fuera, y un alud de terror se les viene encima.

De Rosario vemos el eco de su vida, lleno de rituales y violencia, una aristócrata rebelde que forma parte de una familia que ha formado a la Orden. En otro plano de la novela, igual de terrorífico, corre la historia argentina, tanto la de la dictadura y las desapariciones forzadas de los críticos de la Junta Militar y de gente inocente, como la alegría de un campeonato mundial que se juega lejos. El mapa en el que se mueven los personajes es un territorio extraño, un lugar en el que la noche pareciera que es eterna. Viven en una selva sofocante, atraídos por una luz negra que se los traga. De fondo se ve la ciudad de Buenos Aires y sus barrios, La Plata, los ríos revueltos. En las rutas florecen altares a san la Muerte junto a retenes militares. El contexto es convulso, salpicado por crisis económicas, sólo las grandes familias, como la de Rosario, sobreviven al llevar su dinero a otros países. Y es en las tempestades sociales donde se inserta la narración.

Entre los párrafos atisbamos chispazos de noche, y poco a poco el viento sopla cada vez más fuerte, los círculos se cierran, el vértigo atrapa hasta dejarnos en el centro, el ojo de un remolino sombrío, poblado por demonios furiosos que responden con enigmas, santos que son huesos encarnados, adolescentes de dientes filosos.  El mecanismo que sostiene a la novela es una mitología rica, personal, de una autora que es dios de sus acciones, pero al mismo tiempo el diablo que los destripa. Dos caras de una misma fascinación que envuelve a los lectores, y que una vez que los agarra no los suelta hasta llegar a los últimos párrafos, con el pulso acelerado. La novela es potencia concentrada en cada página, alta literatura, desenvuelta: un laberinto de emociones.

Foto: Anagrama

J.C. Guinto (Guerrero, 1979), es comunicólogo y estudió literatura latinoamericana en Buenos Aires. Escribe crónicas, cuentos y reseñas; colabora en diversas publicaciones impresas y en línea; tuitea en @jcguinto y vive en Tlatelolco.

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