Con el cuchillo entre las piernas 

Por J.C. Guinto

Las malas (Tusquets, 2020), novela escrita por Camila Sosa Villada, narra los sinsabores de un grupo de travestis que hace la ronda durante la noche profunda en el Parque, en Córdoba Capital, bajo la ciega mirada de una escultura de Dante. Un llanto se alza y La Tía Encarna logra escucharlo: encuentra un bebé abandonado en una zanja, sucio de mierda y sangre, entre ramas espinosas. La manada de travestis la ayuda a llevar al nene hasta su casa, refugio y oasis de todas ellas. Lo limpian, lo acunan y sin saber por qué, le dan a probar un estéril pecho relleno de aceite de avión. Así da comienzo la novela, como un surrealista coro de sombras; pero entre todas las voces que se escuchan destaca la de Camila, que acaba de llegar de la sierra a estudiar periodismo en la universidad, y cantará su viaje al infierno.

La infancia de Camila fue marcada por el alcoholismo de su padre que lo amenazaba de muerte si no se comportaba como un varón, y la ignorancia de una madre víctima de su pareja que desquitaba en ella los sinsabores de una vida pobre, vacía. Camila tenía prohibido llorar, y lo hacía en silencio. Años después, al evocar las peleas de sus padres, se dice que: «Todo es espejo: busco la violencia, la provoco, estoy sumergida en ella como un baño bautismal». 

Decide salir, estudiar, encontrarle el sentido a su vida. Sin embargo, el deseo de objetos pueriles y su pobreza, la orillan a prostituirse. Por su camino pululan lobizonas que nacieron hombres y fueron apadrinadas por presidentes de la república; se encuentra con mujeres ave, sordomudas encerradas en jaulas; hombres sin cabeza; cuidadores de zoológicos; y toda una miríada de clientes: borrachos, excéntricos, jóvenes sádicos: hermosos y asesinos. 

La voz de Camila sufre, a pesar de todo desea encontrar el amor, pero sólo se topa con el rechazo de una sociedad apolillada. Fluye entre dolorosos recuerdos de infancia, territorios donde la poesía emerge en cada línea: «la vida parecía una flor abriéndose paso a través de la dura piel de un cactus». Hilos emocionantes que llevan a la introspección, a preguntarse, cómo se lo pregunta el entrañable personaje de la Tía Encarna, ¿por qué tanto odio a los que se encuentran al margen? ¿Por qué la violencia incontrolable? ¿Por qué no querer reconocer en el otro el espejo de uno mismo?

Las travestis son de la noche, no salen de día porque las debilita el sol que revela «los rasgos indomables del varón que no somos». Aun así: «ser travesti es una fiesta», «ser travesti es irse de todos los lugares», «ser travesti es atraer todas las miradas del mundo», y estar con una de ellas es «como si te mordiera un vampiro: algo irreversible».

Los personajes son dibujos hechos con trazos fuertes, cargan pesadas mochilas de dolor con un poco de esperanza maquillada. Comparten el lenguaje de las sombras, además del particular acento de una región central de Argentina. La escritora Hebe Uhart apuntó que: «Sólo Córdoba tiene un canto inconfundible, que le viene de sus primeros pobladores, los comechingones y sanavirones. Por eso también la percibimos como en soledad».

Las malas es una novela admirable, escrita desde las entrañas y con las entrañas, con lágrimas y risas, con amor y valentía. Retrato descarnado de una manada de travestis, de sus fobias, su desprecio por la «buena sociedad», de sus amores, desencuentros y muertes; a quienes el fantasma del vih las asola, junto a la violencia de sus vecinos, de sus clientes, pero, sobre todo, de sus familiares. Su canto a la soledad está conformado por un coro que se focaliza en una de ellas, que narra y desnuda a las otras, para después disgregarse y reagruparse en coro fúnebre. Las malas es una canción de furia, crónica de días desenfrenados, un conmovedor cuento de princesas olvidadas.

Las malas de Camila Sosa Villada.

J.C. Guinto (Guerrero, 1979), es comunicólogo y estudió literatura latinoamericana en Buenos Aires. Escribe crónicas, cuentos y reseñas; colabora en diversas publicaciones impresas y en línea; tuitea en @jcguinto y vive en Tlatelolco.

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