Diecisiete textos breves a propósito de mi cuarentena. Parte II

De la desesperación hasta eso que me parece llamamos promesa

Por Zamani Estrada

XI.
¿Entonces así funciona?
Deshago las arrugas de la ropa al sacarla de la lavadora porque así se seca mejor. La cuelgo; me gustan las pinzas de madera, siempre me ha gustado observarles las vetas. ¿Qué es lo que funciona? ¿Qué cosa?
—Pues esto, el sol que irradia calor, las personas que usan ropa, los viajes a la selva, los políticos con máscara, el sonido que moldea al tiempo, envejecer, el amor.
A veces las frases SON ya en mi mente. No las pienso, no las construyo, cuando voy apenas de la mano con las palabras, encuentro a la frase de pie, robusta y esperando por mi cuando abro la puerta de mi mente.
Mi mano se perdía entre la tela azul mezclilla y veía mi sombra coronada con chongo en la tapa de la lavadora cuando el “¿entonces así funciona?” me asaltó. Sé que esto ocurre porque pienso de más. Da comezón mientras avanzas, el camino se torna oscuro, pero no quiero parar, aún no. Es temprano todavía. Además he llegado bastantes veces a mi límite como para no saber ya el camino de regreso cuando comienzo a vislumbrar demasiada oscuridad o demasiada velocidad en la ruta de mi pensamiento. Pensaremos un poco más, miraremos el sol y luego nos preguntaremos de qué forma específicamente el sol quemaría el mecanismo de nuestros ojos. El tiempo es tan lento que caben algunas preguntas más. Por ejemplo si todo el mundo allá afuera estará tan asustado o tan solo, si habrá todavía mundo y si realmente funciona como todos hasta ahora creíamos. 

Bueno, ya recorrimos suficiente camino. Pondremos a cocer arroz, música alta que tenga violines soneros y asumiremos cuanto podamos de la paciencia de la humildad. 

XII.
Me parece chistoso que ahora todas las noticias usen palabras como “nosocomio”. Es decir,  “hospital” pasó de ser ocasional en titulares que involucraran al seguro social o algún suceso particular, a ser tomada en serio, digna de que los periodistas y redactores se pusieran a buscarle sinónimos para no cansar con ochenta veces la misma palabra en una noticia. 

Mi madre leía el periódico diario, La Jornada, para ser exactos. Le gustaba hacerlo mientras comíamos y la mayor parte en voz alta, así que yo, con ocho años encima, masticaba tortas de papa con ensalada mientras me enteraba de lo infame que eran los políticos y de que Bush y Putin eran personajes que valía la pena tener en cuenta. Siempre pensé que mamá lucía muy inteligente mientras leía así. La luz le daba de lleno por el ventanal de enfrente, yo sabía que ella sabía muchas cosas. 

Por eso me gusta leer a veces el periódico mientras desayuno, quizá luzca un poco como ella. Pero sólo lo hago en el desayuno, nunca en la comida. Necesito que la miel con matcha, o el mango o las pasas horneadas, algo dulce, caiga a mi estómago mientras ingiero la orden de noticias. 

¿Será que sé cosas… como mi madre? La pregunta se eleva y eleva; se hizo lenta cuando llegó al cielo. 

Pero cuando era niña las noticias eran casi siempre “lo de siempre”. Madre decía eso mientras movía innecesariamente el codo para pasar la página y dejaba escapar una mueca de desencanto. Sucede que ahora las noticias no son “lo de siempre”. Hay avalanchas, hay deslaves por no saber distinguir el surrealismo del hiperrealismo, hay hoyos de termita infinitos entre todos los encabezados. Algunos días, muy pocos, me comí todas las páginas. Me tosté en el jardín hasta que me acabé cada palabra del papel y cada neurotransmisor de alivio. Tenía una cabezota como la de la reina roja en la película. Me hubiera muerto de seguir así. 

Así que fallé, le fallé. No he querido leer el periódico estos días. Lo lamento, pero puede que no tanto. 

XIII. 

Se ha abierto un paréntesis, no quiero más que eso. (El ángel, hombre con el que he compartido amor inenarrable desde hace dos años, decidió migrar a la Toluca simplista. Hace un mes y una semana que no lo veo. Pasa tiempo con su estupenda madre y las preciosuras de sus hermanos menores. Yo también quiero una familia linda con la cual ir a encerrarme, qué no daría. Me dice diario que me ama, se lo digo de vuelta, creo. 

Lo cierto es que lo tengo guardado en una bolsa con nudo. No sé dónde he visto esos ojos, no sé cuándo toqué esa barba. Me es un extraño. Cuando vuelva a verlo —si es que en verdad existe—, ¿seremos nosotros? ¡Percibir en medio del pecho que no lo quiero me hace sentir poderosa! Otras veces me alivia imaginarme arrojándole un cubo de basura y gritándole que lo odio. “Odiar” es una palabra excesivamente amplia y es casi tan despreciable como la palabra “extrañar”. Pero el universo sabe, incluso ustedes, que muy a mi pesar lo extraño y cada ciclo vital de un grillo lloraría como niña de 6 años postrada en su cama, si la noche me lo permitiera). 

XIV.
Me mantengo parada tanto tiempo como puedo. Si me canso, me recuesto en el suelo o me siento en mi tapete. Espero. Procuro escribir o leer hincada. Fui notando que si me siento, el cuerpo comienza a asentarse. Va perdiendo la memoria del hacer, del desear. También los pensamientos se asientan. Como agua estancada que poco a poco va formando su moho. Porque extraño. Y porque el silencio alrededor es larguísimo. 

Bendito movimiento. El sonido de mi piano partió el silencio en dos como una saeta. 

XV.
Me emociona la incertidumbre. Me emociona como pocas veces en mi vida. Se siente como un cosquilleo novísimo en el esternón, en la parte anterior de los globos oculares, en el aire que retoza encandilado. Por primera vez todos, todos los que corrimos por las calles y vomitamos en el tiempo, todos, nos damos de airosa jeta contra la titánica e impávida incertidumbre. ¡Ja! Ahí está, magnífica, hermosa. Pero es gracioso porque siempre ha estado ahí, poblando cada rincón de nuestros minutos, incluso puede que siendo más eterna que dios. Por eso nos esforzamos tanto, tanto tiempo: hacer planes, llenarnos las manos de actividades que apaciguen, no… que enmascaren a la gran terrible. Ah, ¡y sí que íbamos con vuelo! 

Nos caímos de re alto, nos golpeamos la cabeza contra la banqueta. Nunca tuvimos el control. Así que de la nada la certeza de LA ilusión del mundo nos iluminó el rostro; y quizá entonces fuimos bellos. 

Y la heróica de Chopin grita: ¡A la carga, a la carga! Que nos maten el caballo, que nos embistan con tres lanzas, que no pueden matarnos. Que vibre en nuestro pecho el colapso, que seamos el nosotros el colapso… ojalá muramos, ojalá muramos de terror a nosotros mismos. Y tendremos en más estima el mirar que nuestros propios ojos. 

Confío, me gustaría, que cuando por fin salgamos de vuelta a la tierra desnuda, tengamos mejores sangres en el corazón. Me gustaría hablar por mí. Pero puede que me equivoque mucho: puede que realmente la incertidumbre tenga ojos pintados y que yo sea la única incapaz de verlos. Puede, en cambio, que los otros no sean testigos de LA ilusión. Y si ese es el caso… puede que yo de tanto creer en ella, quizá, también me haya vuelto una ilusión. 

XVI.
Extraño levantarme en Tepoztlán, en Puebla o en San Luis. No se diga en la pequeña brava del valle. Levantarme sin saber muy bien quién soy, con el frescor calando hondo, cuando todos los demás siguen durmiendo y los rayos del sol apenas juegan a ser artrópodos. Con la piel confundida con el tiempo porque los dos están hechos espuma y con los pies quemados de tanto cabriolar. Despertar en ninguna parte. Siendo nadie porque allá no te conocen y nadie te puede decir qué hacer. Como haberme convertido en vapor. Lo extraño como se extraña el mapa de la palma de la mano cuando ya no estás seguro de, en otro tiempo, haber sido capaz de leerlo. 

XVII.
Platicar con mi pipa de dinosaurio después de darle un beso se ha vuelto más hábito del que esperaba. Me ahogo y salgo nadando sensualmente airosa tantas veces al día que intentar contarlas sería ridículo. Medito tanto como la humildad ante los días me lo permite. El tapete morado donde yace el tercer ojo se convirtió en mi amigo —podría ponerle un nombre—, pero también es el lugar más seguro del mundo. Creo en las plantas que riego todas las mañanas como si creyera en las hadas. Le rezo a la liquidez del espacio-tiempo con la misma fe que le tengo a las plantas de mis pies. Aguardo, aguardo con flores en el pecho y cuchillos en la espalda. 

Foto: Tobias Tullius en Unsplash

Zamani Estrada, de 24 años, egresada de Comunicación Social por UAM-X, cineasta en proceso, escritora por esclavitud y goce, pianista por fuga. Mujer mexicana semi humana, en busca de la expansión, amante de la naturaleza y la filosofía. Colaboradora de Fémina Fanzine Literario.

Blog de Zamani 

Instagram: @inamazesta

 Mail: mazhtrax.dov@gmail.com

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