Las emociones se presentan un Domingo de Summertime por la mañana

Por Kristie Rodríguez Pérez Abreu

Domingo de Summertime, de la escritora veracruzana  Itzel Guevara, fue galardonado con el Premio Bellas Artes de Cuento Hispanoamericano Nellie Campobello 2020. Como menciona la autora en diversas entrevistas, los cuentos que construyen la colección son un recorrido por la vulnerabilidad humana, la ansiedad, la nostalgia, la confusión de identidad. Las historias están llenas de emociones que tocan espacios, nomenclaturas, pronombres e incluso letras de canciones que palpan el cuerpo. 

Comenzamos con “Sandro cantaba desde el tocadiscos”, en el cual las Lolis, María Dolores y Dolores del Carmen, viven una vida en pares: “Todo compran por pares, misma talla, mismo color, mismo modelo. Incluso el nombre es el mismo” (p.8). Ambas danzan entre recuerdos emitidos desde una radio a la que da vida el locutor Nachito Borja; alternan sus reminiscencias con un cuerpo distinto al de su juventud, con una belleza que se desdibuja al reflejarse en el espejo:

“Mientras Dolores del Carmen canturrea dame el fuego, dame, dame el fuego de tu amor, María Dolores se agarra los pechos, esos de los que ha estado tan orgullosa desde jovencita, carnosos, con enormes areolas rosadas alrededor de los pezones, los mira, pero el malestar no se quita; es más, parece que se hubiera arrastrado de la cocina al baño y hubiera trepado por las baldosas para llegar hasta sus manos, por las que ahora se escurren los pechos. Hoy no puede sentir orgullo” (p.10).

Las Lolis comparten la renta de un antiguo departamento, amplio como los de antes; juntas, como en todo, atienden un salón de belleza donde escuchan a sus clientas. Una de ellas rompe en llanto y confiesa que sabe que su marido tiene una amante. Las hermanas la escuchan y consuelan; pero su mirada delata una complicidad entre ellas: “Dolores se topa con la mirada de su hermana, burlona, segura, altanera, esa mirada que ha estado presente todo el tiempo, viendo lo mismo que ella, cómplice (p.12). La cama queen size que las acobija diario antes estaba dividida en dos recámaras iguales, un par de camas que se hicieron una misma cuando Sandro de América, joven y sexy, no supo distinguir entre las hermanas. Sandro ya muerto, Sandro ahora cantando desde el tocadiscos. 

En “Montana” la protagonista narra desde la nostalgia, entre memorias y el recuerdo del rugido del avión, cuando llegó a Estados Unidos; su rumbo cambió al tomar la mano de alguien que ya no es su compañero. Una vida que la llevó a casa de sus amigos; amigos de ambos, también de ella: el pronombre posesivo le da derecho a visitarlos. Leemos sobre una relación en la que creyó; un hombre que decidió dejarla en el estado americano, que dormía con su novia en la casa que ahora visitaba. Montana suena hueco tras los pasos de la protagonista oyendo la calle vacía, solamente acompañada por rugidos de aviones en el cielo. 

En el tercer cuento, “Domingo de Summertime”, las palabras de la autora desnudan la vulnerabilidad en el séptimo día de la semana de una cantante que acompaña su soledad con cigarrillos: “Los domingos despierto con una sensación de desamparo que yo misma no puedo explicar. Conforme el día avanza voy sintiendo una angustia creciente, como si el mundo estuviera irremediablemente perdido como si cada cosa, cada objeto proyectara esa tristeza” (p.24). Las letras de la versión de Janis Joplin acompañan el ir y venir que mezcla las cartas de un padre; en ellas la hija vuelve a tener un cuarto lleno de muñecas de porcelana, vuelve a ser ella misma una de estas muñecas; cartas que describen un mundo en el que conoce el idioma, y su nombre no tuvo que volverse Lisa (un epiteto más americano). 

“Lagartos en la nieve” se cuenta desde El Paso, un nombre que muestra la hibridación entre la cultura gringa y la mexicana: “la mayoría de las veces no sabes en qué país estás” (p.33). En el centro de la ciudad, en la Plaza de los Lagartos, se avista la necesidad de una casa, una verdadera: “debería ser el camino de vuelta, o tener el deseo de volver, debería ser una guardia contra el mundo” (p.37). Se necesita un hogar que se ilumine con el sol, como la plaza de los lagartos después de la primera nevada, un hogar que derrita el hielo. 

Después los espacios vuelven a ser íntimos, de escenarios mostrados a partir de aviones entre dos naciones, cuando Itzel Guevara nos traslada a una pista de carreras en “Corredores”. El tartán es el escenario de nuevas complicidades: “Y cuando reímos así, por la coincidencia de ideas, dejamos de ser por un momento hombre y mujer, mujer y hombre, rectificas, dejamos de ser amantes y nos convertimos en cómplices. Pero nunca te he dicho cuán confuso me siento al entrar en esa categoría” (p. 63). Las conversaciones pasan del ámbito privado al público cuando se corre en grupo, cuando los celos aparecen; es decir, cuando los acuerdos detrás de las sábanas desparecen tras las primeras vueltas del entrenamiento que discurre a diferentes ritmos para cada uno de los protagonistas:

“Quiero bajar saltando dos o hasta tres escalones a la vez, quiero asegurarme, asegurarte que tu tobillo está bien, quiero que tengas miedo y que al sentirme cerca se te quite, quiero tantas cosas pero no hago ninguna, me quedo en las gradas haciendo flexiones y mirando cómo se acerca él, como ha dejado el grupo de lado y corre hacia ti, te toca la cara y el mechón de cabello que siempre se suelta de tu coleta” (p.65). 

Las emociones se vuelven el cuerpo que suda y trota, se vuelven algo físico lo que se siente dentro del pecho. En estas vueltas del circuito, el lector ve que, seas mujer u hombre, el cuerpo se desgasta y cae derrotado por la carrera. 

El relato “Mami está enferma” nos muestra que los lazos románticos no son los únicos que hacen surgir emociones como la frustración y el hartazgo. Un departamento descuidado, una tina de baño en donde se limpia el cuerpo, arrugado como pasa, de una madre con las tetas caídas; un hijo que sin falta lleva a la madre, que ahora es un bulto en su vida, a sus citas en el médico. Un hombre viril, con una voz que derrite a las mujeres,  que lidia con llamadas perdidas no de mujeres, sino de un fotógrafo que lo esperaría, que él quiere que lo espere… pero el agua de la tetera hirviendo, el agua del té de mami debe servirse. “Mami está enferma, le diría mañana al verlo en el trabajo […] Amor y sacrificio, pensó, amor y sacrificio como Jesús.” (p.73).

Los cuentos que completan la decena de relatos son “Los ángeles de Charlie”, “Notas de viaje” “Educación sexual” y “Lady Di”. Juntos, narran un universo cotidiano que pasa fronteras internacionales y se asoma por las canciones: desde los tocadiscos en departamentos amplios, hasta la habitación de una cantante con las letras de Janis atoradas en la garganta mientras fuma un cigarrillo. El lector sigue estas historias para identificarse con los escenarios habitados por personajes solos, con frío, con un pasado resonando en su presente; hay imágenes de cuartos de la niñez, de relaciones que no terminan aunque ya parezcan estar fuera de la realidad. Quizás esta lectura se haga en algún sofá mientras suena Summertime en algún dispositivo de música, mientras se une a las notas el eco de la ansiedad y la vulnerabilidad de quien tiene en sus manos el libro de Itzel Guevara.

Foto: Majo Ramírez

Kristie Rodríguez Pérez Abreu (Ciudad de México, 1993). Egresada de la Maestría en Lingüística Aplicada de la UNAM. Fue coordinadora editorial de la revista digital Mil Mesetas y es congregada de la Congregación Literaria de la CDMX. Ha colaborado en publicaciones digitales como Revista MarabuntaLa Liebre de Fuego y Mood Magazine. Ha participado en espacios como el Primer Encuentro del Arte de Pensar, la primer FENALEM y el III CONACREL. Es una de las 25 ganadoras del III Concurso Nacional de Cuento de Escritoras Mexicanas; asimismo, forma parte de la antología Cuentos abismales de Revista consideraciones y Mil Mesetas.

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