En el aire ya es agosto

Por Diana Peña Castañeda

1

Cena en seis tiempos

Aperitivo:

Mi imagen desfila frente al espejo.

Deslizo la boca,

la humedad de sus bordes descansa perfilada.

Siento el sutil delirio del apetito,

susurro sobre susurro.

Entrada:

Mis manos son dóciles como la luna que guinda

a las tres de la madrugada.

El roce del aire me acompaña.

No tengo prisa

para navegar en los talantes de mi mapa.

Primer fondo: 

El mar fluye en la tibieza de mi cuerpo

como una extensión entre el cielo y la playa, 

retrocede y regresa.

Segundo fondo:

Me desdoblo en mi inefable placer

donde se confunden la verdad y el olvido.

Cierro los ojos

y me ceno en la hondura de mi carne.

Cata:

El desenfado de mi pulso es el sutil cómplice

de la embriaguez del gemido

que no consigue letargo.

Alegoría perfecta del jilguero bajo la lluvia. 

Postre:

Me miro, me suspiro…

En la palidez rosada de mis mejillas

brota otra realidad.

Sonrío.

Mi vida nace para siempre

en este goce impreciso.

Foto: Monstera en Pexels

2

Lavatorio

He llenado la bañera hasta el borde.

Me dejo absorber 

como la materia colapsada sobre sí misma. 

El agua y el jabón se entremezclan 

para diluir la amargura que me asedia rapaz

con el ácido de sus perdigones 

entre la carne y los huesos.

Un rayo de sol se traza absoluto

en los dobleces de mis parpados 

para calmar la mirada 

arrasada por el dolor de la memoria. 

Me recojo en la faz de mi misericordia. 

Remojo el miedo que vocifera 

como un demonio sonriente

mientras le doy vuelo a la culpa, 

lejos de mis heridas.  

Quiero reconocerme

sosegada en mi propia imagen.

Abrazarme como la espuma a la arena

que se convierte en concha 

debajo de la huella. 

Vacío el pensamiento,

dejo que la gota azul encarnada en mis manos

extinga la furia afilada que azota mi alma.

Y me hablo con un hilo de aire 

de esa desmesurada necesidad

de escribir todo de nuevo,

después de este instante fugaz en silencio.

Foto: Monstera en Pexels

3

Monólogos 

Me he tejido en monólogos 

entre lo sublime y lo siniestro

como un sueño anticipado.

Algo inacabada.

Siempre irreductible. 

Mi infancia… 

La fiebre,

mueca del sarampión,

cuerpo encadenado en la dolencia.

Mi juventud:

soy dos vidas en miniatura,

desvelo en la pared,

concibo de mi sangre 

hilos de leche.

Mi adultez.

Horas estalladas.

La mezquindad del mundo consumada.

El río se quema en el pavor de mis ojos. 

Para la pestilencia no tengo rostro ni nombre. 

El llanto es el cronista pasmado 

de mi alma postrada.

Respirar, apenas respirar. 

En el aire ya es agosto,

se dibuja en mi sombra sin prisas ni espanto.

Soy la zozobra desandada 

de un corazón hilvanado.

En el vidrio de la ventana

las epifanías caen en gotas de lluvia 

como si profetizaran mi nombre.

Mi existencia es como la caída del torbellino en el río:

Oscilo.

  Agonizo.   

                                   Vuelvo a la vida. 

4

Ausencia 

Esta noche he prestado mi cuerpo.

El deseo de un extraño es la vuelta carnero 

que se hunde en el néctar de mi ahogo. 

Mis esquinas son el oponente holográfico

en la voracidad de la sábana.

Mis latidos, el cúmulo espeso del desconsuelo 

anclado en el aleteo de mi mudez.

Entra, me gira, me dobla 

mientras el vaho de su boca se extiende 

por mis pechos de hielo.

Cuando llegue a mis labios 

yo estaré parda repitiendo tu nombre,

triste epitafio de mis ruinas. 

5

Hedonismo 

Metamorfosis desnuda 

en la materia disuelta de dos cuerpos.

Un viejo ventilador gesticula 

pequeñas grafías 

en el largo relieve de sus pliegues.

Dichoso es el placer que duele 

cuando la ola se abre en su centro 

sobrecogida por las alas del sol.

El gemido es la rima del silencio

que bajo la tela de la noche 

cuenta su historia.

Foto: Monstera en Pexels

6

Santo grial

¿Quién es la mujer que está desnuda en el desierto, que sostiene frente a la calavera el pétalo amargo de sus entrañas y su melena revuelta toca los confines agrietados de sus pezones mientras sus labios alzan el ruego? Pregunta Dios mortificado a los espíritus que le rodean. 

¡Es todas nosotras! Se le oye decir a esa, la puta santa de los devotos que lleva una antorcha en la mano para acudir al sepulcro donde reposa su epígrafe caído. 

7

¿Cuándo llegará la aurora?

¿Cuándo cesará el cansancio de estos días?

¿Cuándo dejará de gritar la amargura en las campanas? 

¿Cuándo, después de este destierro dejaré de amarte? 

Foto: Monstera en Pexels

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