Perder el tino

Por Alicia Carrera

Dale dale daaaaale…

―¡Toma el palo y dale duro! 

―¡Vamos, Jorge, tú puedes! 

―¿Qué te pasa?

―¡Tú puedes!

―¿Vas a llorar?

―¿¡Qué, no eres hombre!? 

no pierdas el tino…

La canción y los gritos de mi padre retumbaban en mis oídos. Estoy segura de que en los de mi hermano Jorge también. Lo recuerdo con claridad, sosteniendo aterrado aquel palo de escoba con el que tenía que acabar a golpes la tarea que le encomendaban. Temblaba el pobrecito, de pies a cabeza. 

Yo también, y de seguro nadie se imaginaba por qué.

porque si lo pierdes

pierdes el camino…

Mi madre le hubiera dicho algo, pero no a mi padre: a Jorge. Algo que le hubiera hecho sentir que no estaba obligado a llevar a cabo algo que no quería sólo para demostrar que era muy hombrecito, muy machito. Vamos: muy como mi papá.   

Sí, ella hubiera intervenido para frenar esa amenaza de que primero tienes que quedar como algo o alguien que no eres antes de quedar mal con los demás. Estoy segura de que así habría sido, a pesar de que hubiera significado, como siempre, enfrentarse a mi papá. Con los mismos resultados de siempre. Sí, estoy segura.

Segura.

Dale dale daaaaale

no pierdas el tino

porque si lo pierdes

pierdes el camino…

Jorge seguía inmóvil, con la misma carita de preocupación de siempre. Y lo entiendo: se le pedía que, enfrente de todos, acabara a golpes con una persona. De papel picado y engrudo, pero una persona, al fin y al cabo. “Vamos, Jorge, ¿qué no eres hombre?” Mi papá seguía insistiendo. Los demás también. 

Ya le diste una…

Sí, mi madre hubiera intervenido, a pesar de la insistencia de mi papá, de los gritos de todos los demás, que no comprendían lo que pasaba. Estoy segura. Mientras miraba los ojos tapados de agua de mi hermano Jorge, inmóvil con aquel palo de escoba entre las manos, me pregunté qué era perder el tino. ¿Apretar el palo y agitar los brazos con todas sus fuerzas hasta que aquella figura humana se rompiera en pedazos, cuando en realidad el que se rompía era él? ¿Hacer como que pretendía cumplir lo que le decían, pero sin darle, a propósito, para que mejor pensaran que era un discapacitado y no un cobarde? 

Ya le diste dos…

A lo mejor perder el tino hubiera sido sólo soltar el palo, dejarlo caer y enfrentase a mi papá, preguntarle por qué lo había hecho. Pero no hubiera podido. Yo tampoco: éramos muy pequeños aún. O quizá perder el tino hubiera sido simplemente destrozar a golpes un humano, aunque fuera de periódico y papel picado. Hacer lo que hizo su padre. Nuestro padre. Destrozar aquella figura humana a pesar de lo que significaba para él, a pesar de lo que le recordaba. Y a mí. 

Ya le diste tres…

Sí, mi madre hubiera intervenido. Sí, estoy segura. De haber estado viva para ese momento, claro. Por Jorge. Sé que tenía ganas de seguir viviendo, aunque fuera en esa situación, con ese hombre, sólo por Jorge y por mí. Por nosotros, sus hijos. Habría hecho algo, estoy segura. Pero ojalá lo hubiera hecho antes por ella. 

Y tu tiempo se acabó.

Foto: Kliempictures en Pixabay

Alicia Carrera (Ciudad de México, 1969). Licenciada en historia del arte y maestra en educación. Autora de libros de texto para la materia de artes visuales para los tres grados de secundaria para ediciones Castillo-Macmillan. 

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