La ciudad indiferente

Por Gabriela Garay

Suelo preguntarme si es posible olvidar una ciudad, donde las calles, todos los trayectos que se han hecho, idas y vueltas, estarían totalmente pintadas si cada paso que se diera dejara un rastro de color. Su tono original sería ya invisible, nulo. A pesar de ya no caminar estas vías a diario por días ya incontables, el piloto automático se prende cuando toco el asfalto del afuera. Todo se vuelve familiar. Comienzo a hacer mi recorrido como si nada hubiese cambiado y aun así, una extrañeza me persigue. No creo que la cotidianidad sea siempre igual, pues hay un elemento sorpresa que permite que cada detalle cambie, por más insignificativo que sea o parezca.

Con cada paso noto algo: una grieta en la banqueta, un hoyo a la mitad de la calle mucho más amplio que antes; la decadencia de varias casas a mi alrededor, una invitada verde que decidió plantarse en una acera sin preguntar y un árbol que han dejado crecer sin parar; nuevos ladridos que notan mi presencia invasora, una acera pintada de otro color; una construcción ilegal recién hecha. Los detalles que solía notar poco a poco saltan a la vista al mínimo contacto. Exigen ser vistos.

Veo una casa. Conozco a los dueños, o conocía. Muchos de ellos ya no están. Se van sin dar aviso. Presiento que así fue mi encierro, pero también mi vida antes de éste. Parecería que mis salidas son imperceptibles porque en las ciudades casi nadie nota nada. Casi nunca.

Foto: elifskies en Pexels

Michel Maffesoli habla constantemente de una “sed del infinito”, del vagabundeo incesante y nato que tenemos los humanos hacia una búsqueda de libertad e identidad. Recuerdo la tranquilidad que me trajo cuando lo leí por primera vez, una relación tan cercana que sentía por un pasatiempo, una necesidad, se explicaba en un pequeño libro. Esta caminata que parece no tener sentido me recuerda el porqué comencé a hacerlas. No tengo un rumbo fijo, no suelo tenerlo seguido, no es un paseo distraído con mi perro en el que evito peleas perrunas o que inserte en su boca cualquier objeto desconocido, o una excusa mía para acariciar a cualquier amigo peludo que nos salude. No es un trayecto obligatorio para cumplir un mandado. No es un compromiso de hacer algo que en el fondo no quiero hacer. Es tan sólo una sensación de liberación, de reflexión, de dejar fluir el cuerpo, que las piernas tomen el control. Perderme en pensamientos que tal vez tengan continuidad, o tal vez no.

He recorrido estas calles miles de veces y a pesar de ello, siempre es distinto atravesarlas. Soy de aquí y siempre he estado aquí, aunque no sé qué me deparará el futuro. La luz ilumina las casas de manera distinta, los sonidos difieren dependiendo del día y la hora; los espacios están en constante cambio. No llego más lejos que unas cuantas cuadras. Siempre me ha parecido melancólico este lugar. Extraño recorrer lo desconocido. No sé qué tan pronto el perderse vuelva a ser otra vez algo común y constante. Hay algo bello en todo recorrido, pero a veces es más atractivo lo nuevo, lo inusual.

Un pensamiento me viene a la mente, un juego que replico constantemente, que realicé con alguien que alguna vez quise mucho, que se basa en elegir entre dos opciones: “¿qué preferirías: viajar todo el tiempo sin quedarte más de un día en un lugar y sin tocar nunca más el suelo de una urbe o vivir toda la vida en esta ciudad?” Hice una lista de pros y contras. No recuerdo haber tomado una decisión, pero un argumento, hasta el día de hoy, sigue recorriendo mi mente: “Si vives aquí por siempre podrías recorrer todos los días una calle nueva, encontrar cada detalle, aprenderme cada camino. Presumir de ello y vivir con ese encanto”. Y aun con esta idea, casi nadie seguiría notando mi presencia. Así suelen ser las grandes ciudades, imposibles, infinitas e indiferentes.

Foto: Stewart M en Unsplash

Gabriela Garay Viñas (Ciudad de México, 1995) es historiadora del arte, guionista y ensayista. Entre sus intereses están el cine, la teoría del arte, la fotografía, los perros y el ciclismo. Considera que aislarse en un sólo género de escritura es limitante. Ocasionalmente realiza artículos académicos y ensayos, pero se dedica en su mayoría a la escritura cinematográfica.

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