Whisky sour

Por Diana Jiménez Thomas R.

“… un gesto de una ligereza insultante, tan fácil que 

podía repetirlo cuantas veces quisiera… como una
abeja que va polinizando flores en el campo.”
—Guadalupe Nettel, La hija única.

Hace unos días, volví a avanzar dos pasos. Pero, como de costumbre, retrocedí tres.

¿Es justo que tus deseos se tengan que formar en mis adentros? No. A esa conclusión llego una y otra vez. Tú los quieres. Tú deberías de gestarlos. Eso sería lo justo. Me repites que no debo tener miedo, que el embarazo es una experiencia hermosa. Pero, ¿tú qué carajos sabes? Solo el gluten te infla la panza.   

Eso. Si pudiéramos escoger, si tan solo pudiéramos escoger adentro de quién surgen, a quién devoran para crecer. Así no tendría dudas. Que sea tu vientre el que explote, tu apetito el que enloquezca, tus huesos los que se abran y tu piel la que se desgarre. Así sí. Así sí me gustaría ser madre. Y hasta creo que me gustaría cuidarte. Estar a tu lado durante tus náuseas matutinas, hacerte un botiquín farmacéutico con paracetamol, TUMS, y suplementos de fibra, comprarte una almohada corporal y conseguir una oferta infinita de esos Peperami asquerosos que te encantan. Decoraría tu pancita con pinturas acrílicas —un mundo, un balón, una sandía— y prepararía el cuarto del bebé. Y llegada la fecha, sostendría tu mano mientras das a luz. Pasaría mi mano por tu barba y te daría un beso en la frente cuando todo hubiera terminado y tengas al bebé ya en brazos. 

Sí. Puedo entender claramente por qué quieres tener hijos. Sin el costo de una metamorfosis-metástasis, desde ese lugar privilegiado, yo también los querría. No me costaría mucho. Solo tendría que estar ahí a tu lado, dejando que te llenes de alguien más y te vacíes de ti mismo. Pero la que se tiene que llenar-vaciar soy yo, tú eres el que tiene que ser el observador participante. Y si es así, es injusto que tus deseos necesiten de mi cuerpo para cumplirse. Al menos deberíamos poder gestarlo juntos. Yo crezco los brazos, tú los pies; tú la cabeza, yo los ojos y el pelo. Podríamos dar a luz los dos, luego ensamblar. Así al menos podrías ofrecerme compartir, no acompañar.

Hemos platicado un par de veces sobre la opción de adoptar, pero tú siempre llegas al mismo punto: prefieres hijos biológicos. Revistes siempre el tener hijos de un aura de altruismo, generosidad, amor. No quieres ver que el motor real es siempre el egoísmo. Querer pasar nuestros genes, dejar algo en el mundo, querer que una personita se parezca a nosotros, tener la oportunidad de moldear a otro ser humano, jugar a ser dioses. Supongo la adopción no es muy compatible con nuestro ego, en particular el masculino. 

Y soy consciente. Sé que a menos de que decida tener tus hijos, me vas a dejar. Lo hemos platicado, me lo has dicho; me lo has dejado muy claro. Y esa claridad me emputa, pero en el fondo la envidio. Quisiera también yo poder decidir algo. Decir que esto no es negociable para mí, decírtelo así, «no quiero tener hijos», «lo siento», «gracias por los años compartidos». Pero no puedo. Solo escucho tus palabras «yo sí quiero, es importante para mí», y no puedo pensar nada. En el vacío de mi cabeza retumba una frase de Sheila Heiti, a quien leí ya hace más de un año. Y es que habla de mí tan acertadamente, de mí enfrente de ti, «incapaz de saber qué quiero yo cuando tus deseos son tan fuertes». No sé cómo abrirme paso entre ellos para ver los míos. No sé cómo decidir, si ya sé las implicaciones de los tuyos. 

A veces logro avanzar un par de pasos. Como cuando te confesé, después de la cena en casa de tu jefe, al llegar a nuestro departamento, que aún sigo pensando en si realmente quiero o no tener hijos. Tú me recordaste que no tenía más de un par de semanas desde que te señalé a un niño disfrazado de dinosaurio en la marcha climática a la que fuimos. Te di un beso para luego susurrarte al oído que sí quería tener hijos. Pero en esa cena, no sé si te acuerdas, nos dieron de beber un par de whisky sours. Y al ver a tu jefe hacer la espuma, trizar los huevos, separar la clara y tirar la yema por el fregadero, sentí pánico: cualquier vida es desechable. Hay tantas razones para no tener hijos —dificultades financieras, incompatibilidad laboral, sobrepoblación, el cambio climático, pobreza, injusticia, crueldad y dolor— y únicamente una para tenerlos: porque nos da la chingada gana. Pero cuando hago estas confesiones y veo tus cejas fruncidas, retrocedo siempre tres pasos. Te dije en esa ocasión, como en muchas otras, que no tenías de qué preocuparte, «solo tengo miedo, se me va a pasar». Y tú, luego de sonreír, me diste un beso en la frente y te llevaste otro chocolate a la boca, satisfecho. 

De pronto me miro en el espejo, mis muslos, mi panza. Me pregunto qué marcas me quedarían del embarazo. ¿Sería una de esas a las que celebran por haber recuperado su cuerpo? ¿O sería una de las tantas que miran con nostalgia al pasado? Estrías, cicatrices, dieta, ejercicio. Nunca hemos platicado qué pasaría entre nosotros después de que mi cuerpo cambie. ¿Me seguirás encontrando atractiva? ¿Me seguirás queriendo coger? «Claro», es siempre tu respuesta, pero no me la creo. No sé qué haría a esa grasa acumulada, diferente de la que tienen las mujeres que no “son de tu tipo”. Pero a lo mejor la culpa hace milagros.  

En varias ocasiones he platicado de mi indecisión con algunas de mis amigas. Son pocas las que no comparten, o han compartido en algún momento, mis mismas dudas. Todas me murmuran un «lo siento». Cuando una de ellas me cuenta que cree que a sus amigas que ya son madres se les ha acabado un poco la vida, me da un temor profundo. Yo no quiero que la vida se me acabe. Cuando a otra le pregunto si ella y su esposo quieren tener hijos, y me contesta con un «no, ni locos», no puedo evitar sentirme un poco triste. Yo también quiero eso, una pareja que quiera lo mismo que yo. Cuando otra me dice que su decisión depende de ella porque a su pareja nada más le importa estar con ella, no puedo evitar sentir una tristeza, esta vez, enorme. Eso es lo que más quisiera en el mundo. Pero no creo que en realidad nadie ame sin condiciones, alguna tendrán.  

Puedo ver que te preocupa la creciente pila de libros en mi buró, que las resientes. Ernaux, Schweblin, Weiner, Nothom, Harwicz, Nelson, Nettel. Las ves como veneno que está entrando lentamente a mis neuronas, una amenaza, la única cosa que me puede desviar en mi camino al matadero. Cuando te platico sobre alguna línea de alguno de ellos, noto tu impaciencia por hablar, rebatir que, aunque sea verdad que no toda la experiencia de la maternidad es agradable, hay muchas mujeres a quienes no les importa. Me cuentas de tu prima y cómo a pesar de que es ginecóloga y conocía muy bien el proceso, dolores y riesgos del embarazo, tuvo 3 hijos propios. En especial te has ensañado con el libro de Lina Meruane desde el día en que íbamos manejando a Cuernavaca y lo encontraste en mi bolso al buscar mi celular para ponerme el Waze. Todo el camino nos la pasamos discutiendo. ¿Cómo era posible que estuviera leyendo algo titulado Contra los Hijos? Así cómo no iba a acabar no queriendo tenerlos. 

Ya le habías contado a tu mamá y a tu mejor amiga que estaba pensando en no tener hijos, mas no que estaba investigando sobre el tema. Te han dicho, deseando, que esperan que esté leyendo un balance de fuentes, «no nada más cosas malas». Cuando me lo cuentas, no puedo dejar de sentir que todas las mujeres en tu vida conspiran contra mí, jalándome hacia agua hirviendo, tratando de asegurarse de que cumpla mi función biológica. Te deberían contar mejor que ellas también tuvieron miedo, recordarte que es fácil, cuando se es observador participante, olvidar que el prospecto de pezones curtidos y cálculos perpetuos de la distancia de rescate aterra. Deberían de decirte que no puedes aventar tus deseos sobre el cuerpo de otra persona. Pero, incluso mi madre es solidaria contigo. «¿Acaso no quieres ser feliz?», me preguntó la última vez que platicamos del tema. 

Hace unos días volví a avanzar dos pasos. Decidimos que no hay prisa por decidir el asunto, que podemos esperar el resto del año: nuestros trabajos nos van a tener aquí en la ciudad, porque tú tienes mucho más tiempo que yo, y porque el tiempo va a dejar de tener importancia para mí si es que no quiero hijos. Pero como de costumbre, avancé dos pasos y retrocedí tres. Ayer te ofrecí un whisky sour cuando llegaste a casa en la noche. Tú tomaste un solo trago. Luego, al notar que no solamente tenía clara de huevo, sino la yema también, te dio asco. Ahí estaban ambas suspendidas, protegidas, por la mezcla dulce, ácida, del whisky, el limón y el azúcar. Y mientras tú lo examinabas, yo me lo zampé de un trago, tratando de pasar rápido el remedio. Te besé, te quité el cinturón, los pantalones y te tiré en el sillón de la sala.  

Una vez que estuviste adentro, no te dejé salir. 

Foto: Ambitious Creative Co. – Rick Barrett en Unsplash

Diana Jiménez Thomas R. (Ciudad de México, México, 1991). Ha publicado en la categoría de cuento previamente en Neotraba y Vertedero Cultural. Fue la ganadora del XIII Encuentro de Creación Literaria “Amores sin fines de lucro” organizada por FARO Tlahuác, con el cuento “Aguamiel”. También, ha publicado varias reseñas de libros en diversas revistas académicas y un artículo académico en Oxford Feminist E-Press.

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