Sintagma: “Un jazz cercano al gran público”

Por Eloy Caloca Lafont

Llueve en la Ciudad de México, como casi todo el año. La cita es en la terraza de un café muy concurrido. El bajista Omar Valencia y el pianista Isaac Valero del trío de jazz Sintagma acuden al lugar sacudiéndose el frío. El percusionista del grupo, Uriel Rosas, no pudo acompañarnos; hay poco tiempo y muchos compromisos. Mientras pedimos un chocolate vaporoso con pan dulce —Isaac y yo, Omar no; prefiere solamente café negro; es vegetariano y riguroso con su consumo de azúcar— bromeamos sobre cuántas veces tuvimos que reagendar esta entrevista y acerca de las dificultades que postergaron el encuentro. Pero, algunas cosas pasan tal y como deben suceder. Como en el jazz, la vida requiere un poco de improvisación. 

Un sintagma (del griego σύνταγμα o syntagma) es un pequeño conjunto de palabras inseparables dentro de una oración; una articulación elemental para el significado. El concepto se relaciona con el orden, la coordinación y el buen funcionamiento. Honrando su nombre, Sintagma es una máquina creativa y compacta donde Omar, Isaac y Uriel contribuyen en partes iguales. Cada quien aporta sonidos e ideas, aunque el devenir musical del trío también proviene de la energía que emerge al momento de los conciertos y ensayos: el azar y los afectos. 

Foto: Eloy Caloca Lafont

Hablemos un poco sobre los inicios de Sintagma

Omar: Empezó más o menos a la mitad de la pandemia. Fue tras la muerte de Chick Corea. Le escribí a Isaac porque sé que es una de las personas que más les gusta este músico; ese fue el primer contacto, o al menos así nos volvimos a comunicar después de algún tiempo.

Isaac: Sí, tocamos juntos antes en otro proyecto. No era la primera vez que nos conocíamos, pero llevábamos dos años sin colaborar. Entonces, con esta idea un poco sosa de hacer algún videito para redes sociales en homenaje a Chick Corea —que era uno de nuestros héroes— le pregunté a Omar si quería hacer algo y acordamos que sí. 

Luego, ¿se incorpora Uriel al proyecto?

Omar: La percusión fue todo un tema. Cuando empezamos a tocar Isaac y yo como dúo más o menos ya sonaba bien; incluso, nos ganamos una beca de la Secretaría de Cultura de la Ciudad de México para participar en el Festival de Intervenciones Comunitarias. Pero, sí percibíamos que nos faltaba la percusión, e incluso pensábamos en integrar un trío, que es el formato canónico del jazz. Volviendo a Chick Corea —¿ya mencionamos nuestra absoluta devoción por él?— el grupo suyo que más me gusta es la alineación del disco Return to forever, con Stanley Clarke y Airto Moreira. Esa agrupación me cambió la vida; por ellos me dedico al jazz formalmente. Para conseguir esa sonoridad sí necesitábamos la percusión; por eso buscamos a Uriel. Yo había tocado con él antes en otros proyectos. Le llamé y su incorporación fue excelente desde el principio; tuvimos una gran química en lo personal y en lo profesional. Uriel es muy buena gente (sonríe). Sería imposible no llevarse bien con él. 

¿Qué vuelve a Chick Corea tan importante para el grupo?

Isaac: Era una influencia para todos nosotros; un gusto común. A mí también me cambió la vida. Además del Return to forever, por su trabajo como solista; especialmente como pianista. Nos encanta su agrupación Elektric Band con Frank Gambale, John Patitucci y Dave Weckl, y la Akoustic Band, sin Gambale. Hace un momento platicábamos sobre el concertista Leonard Bernstein; decíamos que es un gran músico, pero que también era muy didáctico; un buen profesor. Chick Corea era algo así: se dedicó mucho a hallar la parte pedagógica del jazz; a difundir que el género puede ser cercano a la gente. No era el músico prototípico: no era de ascendencia negra ni estuvo en la generación más conocida de los jazzistas, la de los nacidos en los treinta. Aunque sí tocó con Miles Davis y su famoso quinteto (Miles Davis Quintet). Supo ligarse con el mundo más formal o académico y hacerse un lugar en la historia de la música. 

Y, además de Chick Corea, ¿qué otros músicos han influido?

Omar: Personalmente, el bajista Stuart Zender de Jamiroquai. Lo he estudiado de principio a fin, sacado sus rolas de oído, etcétera. Otro, sería Pepe Bao; me impresiona su manera de slappear. Y, hablando de referencias más obvias para Sintagma, está Victor Wooten —que incluso le dedicamos una canción como homenaje, Riff Vic— e Ida Kristine Nielsen (alias Bass Ida), la bajista de Prince. El otro día, hablaba con Isaac de lo importante que ha sido también Snarky Puppy, una banda icónica, sobre todo por su pianista Cory Henry. 

Isaac: Obviamente está Chick Corea, ¿ya lo mencionamos? (ríe). Como pianista, Herbie Hancock; me gusta mucho y fue clave en la revolución del jazz cuando interviene la música electrónica. De los clásicos: Oscar Peterson —es un monstruo y no creo que haya pianistas que no lo admiren—, McCoy Tyner, que tocaba con John Coltrane, y ya yéndome hacia tiempos más modernos, Hiromi Uehara, una gran pianista japonesa.

Omar: Yo también siento gran admiración por Miles Davis y, con eso, no descubro nada nuevo. Todos los músicos vamos a coincidir en lo grande que es Davis. Me agradan todas sus etapas, pero mi favorita es la última. De sus álbumes, el Amandla, de 1989, me parece extraordinario. El bajista de ese disco es Marcus Miller: un grande. Otro bajista potente es Jaco Pastorius. Fue el inventor o reinventor del bajo eléctrico; incluso, él no veía el bajo como instrumento, sino como filosofía de vida. Quería volver protagónico un sonido que es poco protagónico: pasar el sonido del bajo a la primera voz. 

Isaac: Por su importancia histórica, también está Duke Ellington. Él marca fuertemente el comienzo del jazz contemporáneo. Antes, el género estaba presente en la musicalización del cine mudo o en el ragtime, pero cuando llega Duke se establece el sonido definitivo que tendría en próximas generaciones. Inclusive, seguimos tocando sus canciones. Los pocos estándares de jazz que el público general puede reconocer vienen de Ellington. 

Foto: Eloy Caloca Lafont

Es evidente la pasión de Sintagma por el jazz. ¿Por qué eligieron este género?

Omar: En lo personal, porque es la música que más me gusta y escucho. Considero que tiene una preponderancia cultural e histórica que debemos hacer notar. Retomando lo que dice “Bootsy” Collins, empezó con el tráfico de esclavos en los siglos XVI y XVII. Por eso, puede ser que sea más viejo de lo que pensamos; no es un tipo de música estadounidense de finales del siglo XIX, sino mucho más antigua. Se nutre de varias cosas. Recuerdo que Paco de Lucía dijo, tocando unas sevillanas y un fandanguito: “Ahora, resulta que todos los estilos son o pueden ser jazz”. Y Astor Piazzolla comentaba algo parecido: “Acá, en Nueva York, tocan el Libertango como jazz”. Esa es la potencia de la que hablo: todas las músicas del mundo pueden ceder algo al estilo jazzístico y, a su vez, este último hace eco en todas las tradiciones. En términos generales y antropológicos todo puede ser jazz. Además, es el lugar musical en el que me siento más cómodo. Citando a “El Chombo”, no es necesariamente el género más fácil de tocar, pero todo lo que me remite al jazz me acomoda, así sea Fito Páez o Alejandro Sanz (risas).

Isaac: Por otro lado, apenas está adquiriendo relevancia académica. Hay pocos estudios formales sobre jazz y esto se debe a cuestiones muy clasistas y racistas en la música. Pensemos que lo musical canónico o la “mejor música” que se concibe es la europea. Entonces, el jazz representa una ruptura con estos formalismos, porque viene del bajo mundillo de los marginados; proviene de barrios pobres, de los nietos de los últimos esclavos de la Guerra Civil estadounidense. Esto hace que sea (o haya sido) un estilo auténtico, sin muchas poses, que rehuía de los rigores de la alta cultura. Además, se alimentaba de productos y constelaciones culturales ajenas a lo musical: el cine, bailes, slangs, lugares… Por eso es tan honesto y espontáneo, sin dejar de estar dentro de la esfera de la música académica. A los jazzistas siempre les hicieron burla por “no saber tocar” o usar pianos de mala calidad; eran músicos sin recursos, con trompetas dobladas e instrumentos desgastados, pero estaban creando un lenguaje musical que iba en contra de lo europeo o que se atrevía a tomar los principios de la música canónica sin limitaciones; cambiando las reglas. 

Y, a todo esto, se añade el valor de la improvisación…

Isaac: Claro. En la música académica todos los sonidos se escribían sobre partitura. En el jazz, en cambio, hay una libertad absoluta del músico. Se le permite hacer su arte y no copiar a otros; la creación se despliega sobre la marcha. 

¿Cuáles serían, entonces, los retos de ser jazzistas en países en vías de desarrollo? ¿Qué implica hacer jazz desde el Sur?

Omar: No me atrevo a dar una respuesta para toda América Latina, pero, tal vez, la poca atención al género. Escribes mails y no te contestan o luchas para mantener la agenda llena. También que, en nuestros países, el público del jazz acaba formándose por músicos o personas vinculadas al arte; es muy difícil que aquellos no expertos lleguen a los conciertos, a menos de que uno toque en la calle o se presente gratis en foros pequeños (ríe). El enorme reto del género, además de aprender a dominarlo y tocarlo bien, que siempre es necesario, consiste en no tener muchos recursos y hacer labores permanentes de gestión: escribir mensajes, tomarse fotos, llenar convocatorias, leer con cuidado las letras pequeñas, juntar requisitos… Todo se debe a la escasez de recursos. Hay muchos jazzistas peleando por los pocos apoyos públicos o contratos que existen. No sé si esta realidad sea igual en todo el Sur y si en México estamos mejor o peor, pero lidiamos con algo complejo. 

Vayamos a su proceso creativo: ¿cómo funciona Sintagma?

Isaac: Va cambiando. Antes de juntarnos, yo tenía algunas canciones. Omar ha escrito otras. A veces escribimos aislados, primero, y ya luego nos reunimos para rebotar ideas. También, hemos trabajado rolas en el momento del ensayo y otras que han nacido de la pura improvisación. Los sonidos pueden irse modificando durante dos o tres sesiones, hasta que creemos que conseguimos el resultado deseado.

Omar: Sí, es un proceso enredado. Hay varias formas de crear y cada una tiene sus ventajas. Puede ser cómodo partir de la composición de alguno de nosotros, aunque crear juntos también  es importante. 

De sus composiciones originales, ¿cuáles son las favoritas?

Omar: Está una rola de Isaac llamada Elipsis que nos permitió a cada uno meter nuestra propia interpretación; nuestros motivos y feelings. Tiene una estructura muy sólida. Otra canción, más reciente, que escribí yo, es Pista ida. Bueno, escribí el bajo nada más; Isaac hizo todo lo demás. Esto, en cuanto a las rolas más establecidas o conocidas. Pienso también en otra, Sema, que creamos en los ensayos; es una canción que apenas quedó terminada hace poco. Me gusta lo caótica que es: todas las secciones y matices que tiene. Es muy diferente de Elipsis, que es muy concreta, a pesar de su gran montón de secciones. Sema es como un diálogo: yo empiezo tirando unas notas, Isaac me responde, Uriel se incorpora y en algún momento entramos con los slappazos, hits de batería, acordes de piano; todo esto para aterrizar en los sonidos de cierre. 

Isaac: No nos estancamos. En algunas canciones hay partituras y otras han salido de memoria, cuando no estábamos escribiendo. Confiamos en el oído y en la repetición. Hay sonidos que nos gustan y que van encadenándose en dos o tres minutos de armonía; podemos ver ahí una nueva canción; sentir cómo se forma. 

Omar: No todo es pura improvisación. Eso ya nos volvería tan expertos como Remi Álvarez (ríe), pero nos gusta trabajar juntos en los arreglos. Recuerdo que, en una ocasión, estábamos montando Windows de Chick Corea. Grabábamos los ensayos y los escuchábamos al día siguiente. En una de esas, Isaac me dice, “esto ya suena a jazz”. Las improvisaciones estaban cada vez mejor hechas, los tonos melódicos mejoraron y las secciones estaban más trabajadas. 

La improvisación es inherente al jazz y a nosotros mismos; para mí, es un recurso que me encanta, aunque se me complica. No es fácil improvisar porque uno puede quedarse sin ideas. Decía el bajista Richard Bona que la improvisación es una repetición nueva de lo que uno ensaya, y Thelonius Monk recomendaba no clavarse mucho reflexionando sobre lo que se improvisa porque uno puede acabar repitiéndose a sí mismo. Una idea no funciona igual de bien todas las veces; depende de nuestros ánimos, de cómo tocan los compañeros y de varias circunstancias. Yo, tal vez no toco lo mismo dos veces, nunca. Los acordes de Elipsis no siempre son iguales. 

Isaac: También, en la improvisación juega una parte que no es intelectual. Dependiendo de dónde toquemos, las canciones cambian; incluso, se modifican con el humor que tengamos uno u otro día. La improvisación es sinérgica y llega justo en el momento, con la adrenalina corriendo. En ocasiones, queremos tocar más light y otras hacer sonidos más rítmicos o acelerados. Estas intenciones influyen, aunque uno no se dé cuenta o sea inconsciente. Pasa mucho: es parte de un lenguaje que se adapta y modifica con nuestro estado físico y mental. 

Foto: Eloy Caloca Lafont

¿Las redes socio-digitales han sido importantes para promover el proyecto?

Omar: Sí, pero desgraciadamente nos cuesta mucho trabajo mantenerlas al día. A veces, los ensayos no nos permiten estar publicando con tanta frecuencia. Isaac editó unos videos hace poco; esto fue lo último que colocamos en nuestras cuentas. Lo de las redes es un trabajo adicional a la música. No estoy seguro de que hayamos conseguido un toquín gracias a Facebook o Instagram; más bien, las presentaciones son el resultado de gestiones directas de nosotros. Esperamos que, tan pronto como le metamos más dedicación a nuestras redes, veamos frutos. 

¿Por qué nos recomiendan escuchar Sintagma?

Omar: Ay, para pagar la renta (ríe); para costear las croquetas de los gatos (risas). No, los tres apostamos por la fusión y por la innovación. Nos gustan cosas distintas y convergemos en un proyecto fresco. Lo que más me gusta, aparte del jazz, es su hermano menor: el funk. Los fonqueros hacen explotar el bajo eléctrico. También, tenemos cierta presencia del hip hop. Me encanta el hip hop en español e inglés. Sintagma apuesta por la apertura y la fusión; por eso somos diferentes. 

Isaac: Cito a Al Di Meola, que escuché hace poco en una entrevista: “El mundo no necesita otra nueva versión de Autumn Leaves; ya las escuchamos todas”. Y es una gran canción, y la he tocado y ensayado muchas veces, pero es justo no vender a Sintagma así: no estamos siguiendo los estándares de siempre. Queremos que la gente sepa que el jazz es un lenguaje de la música, no un estilo ni simplemente un género. Por eso fusionamos el funk con algo mexicano o con algo completamente jazzístico; algo de los años 40 con algo popular o académico. Buscamos llegar a “ese jazz del siglo XXI” que ya no es canónico. 

¿Llevar el jazz al público general?, ¿democratizarlo?

Isaac: Así es. Algo que tocamos en nuestras presentaciones, por ejemplo, es la canción típica  La Llorona; el público la conoce y la ha oído en otros lados, pero nuestra versión con arreglos de jazz también le gusta. 

¿Cuál es el panorama actual del jazz en México?

Omar: Por mis relaciones con otros colegas jazzistas, creo que tenemos buen nivel de jazz y muy alto. Hay musicazos como el pianista Héctor Infanzón, que es extraordinario, o Alex Mercado; mi ídolo: el bajista Chuck Rodríguez. En fin, el género está muy bien parado y el problema no va por ahí. Pero, tenemos como asunto pendiente cómo vivir del jazz. Es una pregunta que no sabemos su respuesta y esperamos resolver pronto, por el bien de la música. Artísticamente vamos por buen camino, pero hay que abrir oportunidades. 

Isaac: El reto es cómo acercar el jazz al público. No se entiende del todo qué es y seguimos con la idea de que sólo se produce y encuentra en Estados Unidos. No hay una base histórica de audiencia mexicana y eso es muy diferente en los barrios de Nueva Orleans o Nueva York. Incluso el latin jazz, la salsa o los ritmos latinos llegan primero allá. Tenemos el desafío de hacer jazz mexicano. 

Por último, ¿cuál es el futuro de Sintagma?

Omar: Seguir tocando en donde nos inviten (risas). Tocar fuera de la Ciudad de México. Ya estuvimos en Querétaro y tenemos programada una visita a Cuernavaca; son lugares cercanos, pero podemos visitar muchos más. También, deseamos incorporarnos a los line up de festivales; es un primer paso, pero es lo que nos proponemos: hacernos de un nombre y volvernos una referencia en el panorama del jazz en México. 

Isaac: Los festivales son el siguiente paso. Ya estamos caminando por esa ruta: eventos, becas, oportunidades en los estados y formar una comunidad. 

Omar: Compartimos con ustedes que estamos emocionados porque fuimos seleccionados en el Concurso Nacional de Jazz Joven para la categoría del Premio del Público. Hicimos una interpretación propia de una rola de Christian Mendoza que se llama “El vato cree que” y, al parecer, al jurado le gustamos.   


Para escuchar más de Sintagma, liebres, chequen su agenda de conciertos y sus composiciones en sus sitios oficiales: Facebook, Instagram y Soundcloud.

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