Por Erandy Corvel
Llegamos puntuales a nuestro primer día como sirvientes de honor, en aquel palacete extraño, del que nuestra familia no había querido ni mencionar el nombre. Apenas abrir el portón descubrimos por qué. Gamal retrocedió dos pasos antes de echar a correr. Yo no pude hacer lo mismo; juro que sólo quería mirar. El banquete en pleno clímax, parecía prescindir de mis servicios. Las mujeres vestían sólo alhajas en el cuerpo y se amalgamaban entre ellas. Los hombres con sus báculos, se complacían a sí mismos cuando no encontraban equipo al cual unirse.
Así que, ¿esto era de lo que tanto nos advirtió mi tío Lot?
Bajo el vestido holgado, sentí arder la primera llama de mi adolescencia. Comprendí el pecado.
Descendí muy despacio las escalinatas que conducían al evento para el que me contrataron. Cada paso avivaba la llama que, recién inaugurada, ya clamaba un incendio. Al final de la escalera me despojé de mi túnica. Extendí los brazos. Un sudor obsceno, la piel derretida, el vello chamuscado. ¿Esto era de lo que tanto nos advirtió mi tío Lot?
Erandy Corona Velázquez.

