Somos Ignatius

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Por Arturo Molina

Nadie sabe cuántos Ignatius J. Reilly conoce hasta leer La conjura de los necios, de John Kennedy Toole. Fue lo primero que pensé desde los primeros capítulos de esta magnífica novela, y cuya imagen se fue reforzando con el correr de las páginas. 

Difícil encontrar un punto, del cual arrancar, para echar un vistazo a la obra. Quizá desde el tono, un tanto detectivesco, con que se presentan los personajes: en el primer capítulo se nos muestran casi en su mayoría, como piezas de un juego de matatena, y de a poco se van apretando los nudos para mostrar que siempre estuvieron unidos por Ignatius, la antítesis del héroe.

Esta “mezcla de Oliver Hardy delirante, Don Quijote adiposo y santo Tomás de Aquino perverso, reunidos en una sola persona”, como reza la sinopsis de la traducción al español, es una efigie esperpéntica del desencanto que habita en todos nosotros, es echar un vistazo a nuestros oscuros y repugnantes interiores, aquellos que, por lo general, se guardan celosamente. Por eso en la mayor parte de la historia, no hacemos sino cargar una suerte de grima cuando se detalla el entorno y la propia persona del protagonista, pero también la sensación de que nos devela algo nuestro.

Hay en Ignatius, y en todos los personajes, una sátira recalcitrante hacia la sociedad, hacia el lugar que cada persona ocupa en la misma. Si bien en todos los personajes existe un dejo de desprecio, es decir, el que nos provoca en ellos, también hay una profundidad tridimensional: psicología, contexto y detalle físico. Por más absurdas que sean las situaciones en que se embarcan, no hay lugar a la inverosimilitud, y no sobra ninguno de ellos.

Casi en todo relato, hay una intención del autor por crear empatía para con sus protagonistas, incluso cuando se trata de seres despreciables o que hacen un mal a la sociedad o a su comunidad. En esta novela pareciera que John Kennedy Toole busca nunca conectar de esa manera, mas no alejarnos de ellos. El ejemplo más transparente en este sentido me parece con el propio Ignatius, cuando estamos a punto de sentir cierta conmiseración con él, algo nos devuelve a la realidad de su conveniencia, de cómo maneja todos los elementos a su alrededor para su goce.

Ignatius es dueño de una misantropía fastuosa y de un sistema gastrointestinal paupérrimo. En su realidad, como la del Quijote, habita solamente aquello en lo que cree; como el hidalgo en los libros de caballería y su destino heroico, en Ignatius están Boecio y La consolación de la filosofía y la Fortuna, quien rige el transitar de su vida. Todos creemos en algo.

Otros elementos que guían al protagonista, son su válvula pilórica, una anécdota de un viaje infortunado en autobús y los escritos que prepara como crítica al comportamiento social. La válvula le dicta cuándo se siente mal, cuándo no funciona algo en su sistema intestinal, lo cual no resulta nada extraño al conocer la dieta de Reilly. No obstante, en esta válvula hay algo más que su verdadera función, es el temor a la acción, al movimiento, a la actividad, el miedo del adolescente a enfrentar la vida.

De esta constante inacción del treintañero que vive con su madre, deviene la anécdota de su viaje en el autobús, que se representa como un descenso a los infiernos. Fue el único contacto de Ignatius con el mundo exterior, una mala experiencia que se convierte en una totalidad para él, tanto como el creyente que sólo lee la Biblia.

Este hastío para con la sociedad está vertido en los múltiples escritos que acumula para una posible publicación. Según él, se trata de una crítica certera a su entorno. Sin duda hay en ellos disertaciones geniales sobre la observación de esta sociedad, en Ignatius hay una chispa de genio, de ese que, según Süskind, también se presenta en seres monstruosos, abominables, como su Grenouille. Estos textos recuerdan al disparatado Joe Gould, escritor tirado a la miseria de quien Joseph Mitchell contó su historia en una crónica y, posteriormente, en un libro. 

Estos elementos están presentes en todo momento, así como su asistencia al teatro Prytania, donde casi a diario presencia filmes para él deleznables, donde la mayor parte del tiempo se desborda en vituperios para toda la plantilla de la producción. En ello pareciera que existe un tanto de incongruencia, sin embargo, me recuerda a los talleres literarios en donde se analizan historias mal ejecutadas para desentrañar los errores de la construcción.

De los recursos narrativos

Kennedy Toole se vale del narrador omnisciente para llevar las 368 páginas de la novela, así como de lo epistolar, dándole voz a la anti-Dulcinea de la historia, Myrna Minkoff, como también al mismo Ignatius. Este recurso ayuda a sumergirnos más en la psique del protagonista. Podemos ver sus acciones para con los demás y su pensamiento propio.

Gran parte del desarrollo se da a través de los diálogos. Por excelencia, las plumas norteamericanas tienen una magnífica construcción dramatúrgica. La conjura de los necios, así, bien podría ser una pieza teatral.

Esta voz toma la de cada personaje de quien, digamos, está en cuadro, en escena. Si quien habla es la Sra. Reilly, el narrador utiliza expresiones como “¡Dios santo!” o “este chico”; si es el propio Ignatius se menciona el malestar de la válvula o el desprecio por las demás personas. El narrador cambia de punto de vista dependiendo de qué personaje se trate, se posiciona en sus pensamientos. 

Asegura el biógrafo del autor, Cory MacLauchlin, que este libro fue escrito en seis meses. Y resulta acaso irrelevante este dato (sin contar, por supuesto, el ritmo febril con el que fue concebido), porque bien pudo trabajar décadas en ella, al final se trata de una obra maestra, una pieza imprescindible de la literatura del siglo XX. Todos los hilos narrativos, como se dijo en un principio, se van concatenando hasta formar uno solo en donde nada sobra, ni tampoco falta.

Ignatius J. Reilly es quizá un genio, uno incomprendido, conjurado por los necios, como se anuncia en el epígrafe de Jonathan Swift. Un loco, quizá, de esos que no son funcionales, como diría Foucault, aquellas mentes que no embonan con el sistema y están condenadas al ostracismo. Porque, en resumen, ¿quién trabaja realmente en esta novela?, todos están enmarcados dentro de la vagancia, envueltos por el ocio; en unos casos remunerados y en otros incluso vilipendiados, como Jones o Darlene. 

Se nos presentan, también, dos problemas de la sociedad, en especial gringa: racismo y homofobia. El mismo Ignatius defenestra a ambas comunidades, pero cuando necesita de ellas, les brinda “soporte”. Es la efigie del discurso político, entre muchos más.

Adentrarse en La conjura de los necios es sumergirse en nuestro propio interior, escarbar en lo que más odiamos de nosotros mismos y hacerles frente, o bien, como Ignatius, darle la vuelta, pretextar un dolor en la válvula pilórica y continuar con el camino incierto, pero sí desopilante y entre risas explosivas.

Imagen: Anagrama editorial

Arturo Molina (1991) es un lector y charlador méxico-boliviano que juega todos los días a ser adulto, usando como objeto lúdico la palabra escrita. En 2016 recibió el VII Premio Nacional Noveles Escritores que otorga la Cámara Departamental del Libro de Santa Cruz, en Bolivia, por el volumen de cuentos Espinas, ya editado en México por La Tinta del Silencio (2019). Ha publicado textos en LetraliaPenumbria y Milenio Diario. Actualmente imparte el taller de iniciación a la creación literaria en el Centro Cultural del México Contemporáneo.

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