Lindo pescadito

Por Erandy Corvel

La primera vez mi abuela estuvo un poco seca y con un nudo en la garganta todo el rato. “A ver si cuando acabe todo esto nos volvemos a ver, porque yo ya no duro mucho”, dijo mesándose las cejas. “Vernos en persona, abrazarnos”, aclaró. 

Fue hace seis semanas que a mi mamá se le ocurrió lo de las videollamadas a raíz del confinamiento por la pandemia. Incluimos a mi tía y a partir de entonces, todos los días a las siete de la noche nos conectamos las cuatro. 

Conforme pasaron los días mi abuela se adaptó increíblemente a la dinámica; nos pregunta a cada una qué hicimos de comer y nos da ideas de platillos, nos recomienda películas de Netflix, voltea la cámara para que miremos su cocina impecable y hasta confiesa que comió pizza. Fue ella quien sugirió levantar la mano para pedir la palabra, cuando todas las voces se hacen una masa incomprensible. 

Nos cuenta que instaló una silla en su jardín para que le dejemos sus medicinas y su carnet del Seguro, sin tener contacto directo. Es la más precavida. 

Mi mamá dice que cuando podamos reunirnos iremos a Chapultepec. Yo creo que mi abuela preferiría ir a algún restaurante o simplemente recibirnos para comer, aunque su cocina se ensucie. 

A veces amamanto a Regi mientras platicamos y a ratitos se las enseño. Le avientan besos y le hablan bonito. Mi tía dice “Mira Damaris, ven a ver a la bebé” Mi mamá le canta: 

Lindo pescadito no quiere salir, 

a jugar con mi aro, vamos al jardín. 

Mi mamá me ha dicho 

“no salgas de aquí, 

porque si te sales, 

te va a dar COVID” 

Nos reímos. Mi tía dice que por fin ha dedicado tiempo a sus plantas. Están de un verde tan brillante y altivo, que parece que posan para la cámara. 

Mi mamá nos asegura que lava las monedas y hasta los billetes, y que atiende a sus pacientes desde lejos. Se hizo un cubrebocas de tela gruesa y elegante, con algunos retoques de encaje en las orillas. 

Yo prefiero no contarles que me fui a urgencias por una infección en los ojos y ahí ni cómo guardar distancia. Tampoco saben que Bombo se escapó tras una Schnauzer y lo correteé ocho cuadras antes de que un carro pusiera fin a su carrera. El único veterinario que encontré abierto, no tenía jabón ni gel antibacterial. El condenado perro está cien por ciento repuesto, mis ojos en cambio, no se componen con nada, los tengo rojos y no puedo dejar de parpadear. 

A las siete en punto suena mi alarma y me acomodo en el sillón con gotas lubricantes en mano. El tiempo que dura la llamada me esfuerzo en mirar los rostros de todas, sin apretar los párpados a cada rato. A veces pauso la imagen para ponerme las gotas. Ayer mi abuela me preguntó si estuve llorando y le dije que no, que tenía una infección muy leve en los ojos. “En verdad nada grave”, recalqué. 

Antes de la pandemia me pasaba las tardes en su casa para no estar a solas con la bebé. Le conté que estaba medicándome contra la depresión y tenía que suspender un tiempo la lactancia. “Yo le doy su mamila”, me pedía siempre. Entonces se hacía una fortaleza de cojines al rededor del cuerpo para estar cómoda. Verlas en esa dinámica me traía consuelo. “Mira qué rápido te sustituyó Ramona”, bromeaba. “Abuelita, es Regina, no Ramona”, le decía yo a sabiendas de que para ella, mi hija ya siempre sería Ramona. 

Hoy fue más temprano la videollamada porque mi mamá tenía paciente justo a las siete. Hablamos de nuestras comidas, nuestros quehaceres y nuestros ocios. Les enseñé que la bebé ya se sienta. No les dije que a un primo por parte de mi papá le dio coronavirus. Mejor mañana. 

Antes de colgar mi abuela me recomendó llorar. “Es para que se te limpien tus ojitos, hija”. Nos despedimos diciéndonos adiós con la mano, justo antes de que mi alarma de las siete me avivara erróneamente la nostalgia. Supongo que empiezo a reconocer los nuevos rituales. 

Hay un desfile de imágenes en mi cabeza; el jardín, la silla vacía esperando cajas de medicina y un carnet de citas. Nuestra viejita que mira desde la ventana, como quien llega tarde a la inauguración del cinematógrafo. 

Vernos en persona, abrazarnos. Recuerdo.

Foto de Hakeem James Hausley en Pexels

Erandy Corona Velázquez. 

Facebook: Erandy Corvel
Twitter: @Erandy_Corvel

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