Ella era mi jardín

Por Ivette Pradel

He de encontrar otras maneras de destruirme. Tengo desechos hasta los labios, que de tan secos, buscan beber lo que sea con tal de curar un poquito sus grietas. No los he dejado en paz: me da por lastimarlos con mis uñas, hacer pellizcos que parecen inocentes pero que terminan levantando finas capas de piel, que después arrancaré hasta la herida. Bebo los restos de un té mal preparado, pues trocé la bolsa de seda en el temblor de mi ansiedad. Esas hierbas que flotan en el agua tibia quedarán asentadas y formarán manchas al fondo de esta taza astillada. No quieras encontrar significados en todo. 

Yo no tengo un balcón. Ni siquiera poseo una casa. Me refugio en lugares donde no me sienta observada. Quisiera tener un jardín para poder contemplarlo y cuidarlo en absoluta soledad. Pienso en el jardín de Ana, diminuto y hermoso, con una fuente igual de pequeña que nosotras. Recuerdo todo: su nerviosismo, nuestra torpeza, la visita a su nueva casa, los libros, los gatos. Nunca entendí su partida, me culpé mucho tiempo por quizá haberla aburrido, por vivir tan lejos, porque no me gusta leer novelas victorianas, por no ser tan lista. 

Lo único que tal vez tengo es este cuarto que habito y, aún así, no es mío. Con todo, es mucho más grande que cualquiera que haya rentado y resguarda las pocas pertenencias que he adquirido en muchos años: mi museo personal de objetos comunes. Pero no hay un jardín. En algunas ocasiones intenté tener plantas adentro y todas murieron por la misma asfixia que a mí me provoca estar aquí. No pudieron con el bochorno, con el ruido, con mi incapacidad funcional cuando estoy triste. Al igual que las plantas, mi refugio es el agua. 

La fuente de Ana no tenía agua la única vez que la vi, pero no hacía falta para sentirme segura. Ella prendía velas y yo confiaba en sus remedios. Lo que más lamento es que no pude despedirme, un día se convirtió en ausencia, se fue sin decirle que ella era mi jardín, y me da miedo que no vuelva a encontrar otro. En su lugar, tengo los labios rotos y una taza astillada con presagios de una vida que no sé leer.

Foto de cottonbro en Pexels

Ivette Pradel (Ciudad de México, 1989) estudió letras pero sólo quiere ver el jardín. Twitter: @tiriciaconmiel

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