Departamento 301

Por Kristie Rodríguez Pérez Abreu

Vivo en un edificio naranja de 4 pisos, soy la inquilina más nueva de los dieciséis departamentos; en un mes, en agosto, mi papá y yo cumpliremos un año en este nuevo hogar. Desde marzo del 2020, el espacio de 120 metros cuadrados del número 301, en el tercer piso, se volvió el sitio que habito 24 horas al día siete días a la semana. Había vivido casi 22 de mis 27 años en otro lugar; sin embargo, las paredes blancas recién pintadas y los acabados antiguos de los baños, como sacados de otro tiempo, ya me parecen familiares: puedo andar descalza por la cocina, la sala, el estudio, las dos recámaras y los dos baños sin golpearme la punta de los pies al dar vuelta porque se me olvidó algo en una de las habitaciones; mis manos encuentran los interruptores de luz sin dudar y me di cuenta de que los enchufes de la luz de las recámaras están puestos de la manera más ilógica que pudo pensarse. También empiezo a conocer a algunos de los vecinos por lo que escucho desde el cubo que da a las ventanas de la sala, donde paso la mayoría del tiempo, ya que los sillones color aqua se han vuelto mi nuevo espacio para escribir, estudiar y ver Netflix cuando quiero olvidarme del mundo y de la pandemia. En la mesa de centro de la sala siempre está un vaso vacío, ya sea con agua o con algo de refresco; la cuarentena me llevó a preparar un tinto de verano hace unos días, pero parece que mi poca atracción por el alcohol es algo que permanecerá a pesar de los cambios tan drásticos de estos tiempos. 

En las mañanas desayuno con mi papá y comenzamos el día juntos pero no revueltos: él se va al estudio a “hacer como que trabaja”, pues el litigio en la vida se ha parado por meses; los asuntos legales que atiende pararon primero hasta junio, después hasta julio y la última prórroga la anunciaron para después de agosto. Estas pausas escalonadas lo han llevado a dedicar horas de su día a leer novelas que tenía pendientes, a asomarse a mi librero para ver qué puede tomar prestado por algunos días. Además de que se ha vuelto un gran usuario de Netflix, pues ha sucedido lo impensable en la otra normalidad, la que no es nueva: mi papá ve series. Primero una temporada de la serie eterna de Grey’s Anatomy, después la segunda, la tercera; luego empezamos juntos Outlander y ya vamos por la segunda entrega que nos tiene encantados con las historias de una Escocia de 1700. 

En cuanto a mí, trato de encontrar una rutina para los días que a veces me pesan con una densidad que no parece aligerarse. En ocasiones puedo trabajar en mi tesis, otros días solamente leo algo por gusto y hay días que simplemente no tengo idea de si hice algo productivo o no con mi tiempo. La chica que hacía ejercicio cinco veces a la semana se quedó guardada en algún sitio, y la que habita esta pandemia ha optado por simplemente estirarse y, si bien le va, hacer ejercicio una vez a la semana, aunque haya semanas que ni eso se incluye en mi rutina diaria. 

Foto de Jeffrey Czum en Pexels

Comencé el año con grandes metas, supongo que como todos los que hicimos el ritual de las 12 uvas de Año Nuevo y decidimos dar el primer paso del 2020 con el pie derecho. De enero a lo poco que viví de marzo en el mundo que antes conocíamos, volví al ejercicio y logré los avances más notorios en muchos años; me sentía y veía mejor que nunca y el corazón roto que me acompañaba desde diciembre empezaba a fortalecerse también. Otra de mis doce uvas la dediqué a pedir entregar mi tesis para acabar otro ciclo en mi vida y ver qué traería la vida después. Mis dos propósitos comenzaron a titubear con las primeras noticias que mencionaban la COVID y cómo empezaba a desarrollarse en México. La noticia de la cuarentena nos anunciaba algo que nunca habíamos conocido, ni siquiera con la H1N1, la enfermedad que venía a nuestras mentes por la similitud con la COVID, por ser lo más parecido que habíamos vivido. Cuando escuchamos que hablan de una pandemia, en el significado se encuentra intrínseco el miedo: la enfermedad es tan letal que nos recuerda nuestra vulnerabilidad frente a ella. Hemos oído de pandemias como la peste negra, la viruela o la gripe española; todas ellas pandemias en otros tiempos, pandemias lejanas, ajenas, pero la COVID estaba ya tocando a nuestras puertas a principios de año. Así pasaron los primeros seis meses del 2020, el medio año que todos en el mundo compartíamos pues nos unía una catástrofe a la que ninguno es inmune. 

Como todos los que nuestras posibilidades nos lo permiten, mis vecinos se resguardaron en el edificio naranja que compartimos. Estos meses descubrí que un adolescente de entre 14 y 17 años toca la trompeta a las 5 de la tarde tres veces por semana; supe quién era el artista cuando me tocó subir a lavar y las jaulas para tender ropa se convirtieron en un escenario con el cielo de fondo, en el que su hermano menor lo veía tocar desde su butaca en el piso. Me acerqué a ellos porque mi espacio para tender quedaba a un costado del ahora escenario, tendí la ropa mientras tarareaba una de las canciones que el chico tocaba: estaba practicando algunas de las canciones de Los Auténticos Decadentes. 

Otro de mis vecinos toca el piano desde el anonimato, lo digo porque aún no sé quién repasa sus partituras por las mañanas y repite el ejercicio por la tarde. Una de mis vecinas es profesora de inglés por las tardes los lunes, miércoles y viernes. Gracias a ella ya repasé los condicionales del inglés y el correcto uso del ed e ing en los adjetivos. Me divierte oír sus lecciones porque es lo más cerca que estaré de un aula por los próximos meses. A pesar de que nuestra vida ahora es virtual en muchos sentidos, hay cosas que permanecen: mi vecina parece identificar a los distraídos en su clase, sabe quiénes llegan tarde a pesar de que se supone que todos están en casa tomando sus clases. Se notan sus años de experiencia por el modo de llevar la sesión; también veo los retos de ser docente en estas épocas: mantener la atención de los chicos, evitar el cansancio después de unas horas en Zoom, esperar a que el de los tamales termine de pasar en algunas de las colonias a las que llega la clase. 

También tengo un vecino pequeño, quizá de entre 3 y 4 años que llora puntualmente a las tres de la tarde diario. Asumo que el llanto se debe a que no le agrada mucho la hora de la comida. Si a su desagrado por las verduras o a ciertos platillos agregamos estos tiempos incomprensibles para los más pequeños, ese llanto vespertino está más que justificado. 

Tener un techo y comida en estos tiempos de incertidumbre me ha hecho agradecer y reflexionar sobre los privilegios que tengo, privilegios que a otros no les es posible compartir. Puedo decir que evito salir más de una vez a la semana de no ser estrictamente necesario. Si así contribuyo a que esta amenaza invisible no llegue a más personas y a mis seres queridos, entonces ese es mi pequeño aporte para aplanar la curva de la que todos estamos al pendiente a diario. 

El tedio y el hartazgo de los meses pasados los he sobrellevado en mucho volviendo a escribir, las ideas han fluido más fácil que cuando escribo algo académico o relacionado a la tesis. Todos necesitamos ese espacio para no hacer lo que deberíamos hacer. Estar en contacto con mis amigos por los mensajes de conversaciones eternas en WhatsApp, enterarme de la vida de otros y de que afortunadamente están bien, escuchar, ya sea en nota de voz o por llamada o videollamada, las frustraciones y preocupaciones de quienes me comparten su confianza, así como festejar con un brindis virtual los triunfos y buenas noticias que han sucedido en estos meses, me ha recordado que la felicidad puede estar dentro de mi departamento, que ya no es nuevo ni desconocido, ya lo recorrí de arriba abajo durante esta pandemia. La felicidad viaja por una llamada cálida, por un mensaje de buenos días que te anima el día. Se transporta por el WhatsApp que recibí hace semanas, era de una de mis mejores amigas que me dijo que había una sorpresa en la puerta de mi edificio. Bajé en pijama ―como ameritan estos tiempos―, un repartidor me entregó el pequeño pastel destinado a los habitantes del departamento 301. La tapa de plástico que cubría el regalo de sabor café con una cereza en medio tenía la marca de la pastelería, ése era el mensaje que me estaba llegando al departamento 301: La Esperanza encontraba el modo de llegar a mí estos días. 

Foto de Lisa Fotios en Pexels

Kristie Rodríguez Pérez Abreu (Ciudad de México, 1993). Estudió Lengua y Literaturas Hispánicas en la UNAM, actualmente es estudiante de la Maestría en Lingüística Aplicada de la misma universidad. Es congregada de la Congregación Literaria de la CDMX, en cuyos eventos ha leído sus cuentos. Ha participado en espacios digitales como Revista Marabunta y La Liebre de Fuego. Es una de las 25 ganadoras del III Concurso Nacional de Cuento de Escritoras Mexicanas. 

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