Diecisiete textos breves a propósito de mi cuarentena. Parte I

De la desesperación hasta eso que me parece llamamos promesa

Por Zamani Estrada 

I.
Intenté meditar postrada en la ducha. El agua pasaba de cocinarme los bordes de la cintura que sorpresivamente hoy no me parecieron sexys a enfriarme de golpe las vértebras expuestas. Me quedé a la mitad del camino: me ha ido mucho mejor meditando otras veces. No obstante, para el poco tiempo que estuve así, logré entrar bastante en las carnes de mi lóbulo frontal. 

No recuerdo un día que me haya sentido más feliz durante el encierro como el día que conseguí meditar casi dos horas. Por eso lo intenté. Pero el agua estaba turbia cuando se mezclaba con mis pestañas entrecerradas, estaba usando un pañuelo precioso digno de festival que no iba a evitar para nada que me mojara el pelo y era terrible la cantidad de agua desperdiciada… soy despreciable. Así que paré. 

II.
Estoy desesperada en silencio, cuando me acuerdo de estar desesperada. Como todos, supongo. Como todos todo el tiempo. Pero nadie lo dice, a estas alturas ya no. Oscilo. Por aquí la euforia de una ferviente puesta en escena que incluya alimentación perfecta, el satisfactorio aumento de mi culo gracias a ejercicios persistentes, la excelsa y disciplinada lectura de varios libros, la productividad del siglo y la insaciable exposición a lo que a mi me gusta llamar música. Oscilo. Luego, de la nada, soy precipitada al silencio que envejece frente a mis ojos y al titán del tiempo que a mí me dijeron que es relativo. Intentas bordar con los pulmones un poco de sentido en la existencia. En este punto, normalmente ya estoy tumbada en el suelo con el techo que me contempla contemplarlo desnuda durante horas (insisto, relativas). Poquitas veces, cuando pienso de más en la posibilidad, germinan remolinos entre la tirantez de mis dientes como si germinaran brotes de alfalfa. Y la ansiedad me nombra, me molesta la ropa, me molestan las puertas, me molesta mi cama. Entonces el refrigerador dice: ven, seamos amigos. Y antes yo le respondía: bésame, voy. Por suerte, ya no. Si acaso ya solo preparo algo que fumar. 

III.
El caso es que soy un fiasco. Tiene meses que no escribo. Me sé, meses. (Se sienten arcadas cuando lo pienso). ¿Y me morí? Pues no. Algún tiempo fui feliz, otro tiempo me sentí en el infierno. Pero ahora tengo casi pena de acercarme a las palabras. ¿Me recibirán? ¿Me besarán con su bondad como en el tiempo viejo después de todo lo que hice? No puedo más que escribir en primera persona. Ojalá los pensara, ustedes sabrían decirme qué escribir. Pero sólo consigo pensarme. Hasta que ya no sé si soy yo la que se piensa. 

IV.
Ya que los días son extraños, no hay mejor refugio que la era del sueño. En mi cabeza puedo hacer de día y de noche a la hora que quiera, puedo tener cinco novios si quiero y puedo hacer que los rayos de sol pasen más lento por los cristales del café al que tanto extraño ir. Por ejemplo, puedo matarlos cuantas veces quiera. También, claro, puedo pasearme por las fiestas más destructivas en pueblos perdidos y playas nebulosas y puedo correr por bosques que se caigan de verdes. Incluso puedo alargar los besos, los paisajes corporales y puedo perderme harto tiempo pensando en mi amor sin que él siquiera se canse. 

En realidad es sencillo. Sólo finges que no estás ahí, que todos los que pueden verte en realidad no te ven, porque sólo creen que te ven. Es sencillo si mantienes los ojos bien abiertos, si tus párpados consiguen bordear porque en realidad no quieres ver lo que hay, sino más allá. Es sencillo si ves que eres chiquito y que el miedo y la incertidumbre de allá afuera siempre están igual de vivos, tanto como puedan estarlo tu orgullo o tu humildad. 

A ratos se complica un poco. Por ejemplo le pedí a Ravel que no me martillara de esa forma. Porque decía: “sí, sí, deja que te arrobe, que traspase tu garganta y penetre las hojas de tus plantas de sombra en la repisa, hasta que llene cada puerta y cada cortina y cada cabello que te trenzas”. Y yo al principio gritaba: ¡No! ¡Vas a asesinarme si me pierdo tanto en el sonido y en los sueños! Ya no sabré cuál es el techo y cuál la pared, y comeré piedras y beberé aire. Pero entonces Meyrink respondió desde el sigilo, desde la almohada casi verde de mi cama donde lo había dejado: ¿alguna vez has sabido con verdad cuál es el techo? 

V.

Ningún estado es para siempre.
Creo que cuando fui empujada a ir saliendo de mi país para volver a lo de afuera, encontré que este último estaba demasiado vacío, o al menos nebuloso. Así que sin quererlo me sentí un poco obligada a llenarlo tan rápido como pudiera. Si no, ¿de dónde agarrarse? Le (me) puse imágenes de toda clase, sonidos provenientes de las máquinas, avidez de responsabilidad y palabras que se escupían como por dioses ajenos. 

Son las 2:46 de la mañana. El cansancio me mastica. Porque pase lo que pase no logro levantarme después de las 10 am.
Los odio tanto como podría. No consigo dormir más que de cabeza, con los pies hacia la almohada, desde hace cuatro días. Esta noche además tuve que dejar prendida la lámpara del pasillo con luz fría. Escucho música minimalista instrumental. Dejaré la playlist la noche entera si es necesario. Tengo sed, el calor es casi insoportable. 

VI.
Salí a mojarme a la lluvia porque me sentía solita. 

VII.
Me descubrí pensando como un presentador de TV. Uno gringo, además. Y me atrevería a decir que promedio edad 40, dirigido al rezago de los boomers y a los que vienen en mi generación de cajón, que oscila entre intento de intelectual y comediante de la vieja escuela. No porque sepa cómo piensan, o siquiera si piensan (esperemos que sí), sino porque descubrí a mi propia mente intentando venderme una idea con descarada y hasta celebrada teatralidad.

Siempre he sentido que hay personas que no hablan como lo hace su mente. Puedes encontrar varios pequeños personajes en la misma persona. Es divertido. También son un poco más predecibles. Pero inevitablemente sabes que hay algo que no te están diciendo o en el mejor de los casos, que no es del todo como te lo están diciendo. Yo nunca me sentí así. A menos que tuviera una razón para matizarlo, ustedes escucharían tal cual lo que sonara en mi cabeza. 

Pero ahora tenía metida una voz haciendo chistes cuasi inintencionados y entonaciones ensayadas. Estaba intentando escapar, estaba intentando timarme, lo que fuera que tuviera ahí adentro. ¿Habré comenzado ya a estar loca? 

VIII.
Me gusta imaginar cómo sería estar en la inexistencia. ¿Qué tal que no hubiera cosmos? ¿Pero entonces qué habría? ¿Tendría que haber algo? En el país de la existencia no tendríamos que pensar. No tendríamos que usar las piernas para comprarnos cosas en la tienda. No tendríamos que tener miedo. De hecho, no tendría que existir un universo. Qué bonito, no tendría que existir la palabra “tendría”. 

Me gusta imaginarlo mientras me siento en flor de loto en la sala y me desenmaraño la melena manicómnica y fantástica que me cargo. Uh, se siente como si desapareciera el sillón. Ahora mi perrita hace berrinche; también tengo que regar mis plantas. Ya voy, ya voy volviendo. Pero me detengo quieta un segundo antes de levantarme: me siento chiquita. Y es bueno estar chiquito. Porque después de todo, según la teoría especial de la relatividad, el universo sería bastante finito. 

IX. 

Escucho música un 85% de mi tiempo, al menos así se llena el aire. El diplomado y el freelanceo me lanzaron una cuerda; puede ser cuerda salvavidas, cuerda para saltar y jugar a hacer nudos de marinero o cuerda para poner en torno al cuello, nunca se sabe. Bailo y me estiro cuanto puedo, tanto como me atrevo. Floto. Pero siempre he flotado, así que tampoco me importuna. 

Vivo sola desde hace dos años. Puedo recordar cuando era tan feliz por tener esa libertad que me apenaba que otros vivieran con sus padres o con roomies. No sé dónde quedó ese deleite. Me miro a menudo al espejo porque me gusto y porque es la única forma de saber los nombres de todos. Los nombres de afuera, los nombres de los días y de las cosas. Ni siquiera la memoria resulta tan confiable. El presente se ha vuelto pequeño, escurre entre 24 paredes, es tan chico que le cabe en la boca al pasado. 

X.
Pareciera que para que yo escriba tiene que haber algo que me duela (en todo caso que me sacuda de verdad si se trata de algo exultante). Puede ser algo muy chiquito, pero que sea al menos una piedra en el zapato. Y es que si uno está muy bien, a gusto como dicen, ¿para qué escribir? Y pienso… ¿serán todos tan atrozmente irresponsables a la hora de escribir? Soy repugnante. 

Foto: Rafael Serafim en Pexels

Zamani Estrada, de 24 años, egresada de Comunicación Social por UAM-X, cineasta en proceso, escritora por esclavitud y goce, pianista por fuga. Mujer mexicana semi humana, en busca de la expansión, amante de la naturaleza y la filosofía. Colaboradora de Fémina Fanzine Literario

Blog de Zamani 

Instagram: @inamazesta  

 Mail: mazhtrax.dov@gmail.com

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s