Año nuevo

Por Juana R.

Entre la penumbra, una silueta se dirige hacia el final del pasillo. Discreta, toca la puerta de la vivienda marcada con el número 201 de la colonia 15 de Agosto. Justo en ese momento, el reloj de la iglesia de Nuestra Señora del Refugio repica 12 campanadas; la silueta parece asustarse. Miro mi reloj, que marca las 11:54. Seis minutos de retraso. En las ventanas se perciben los contornos de manos que, curiosas, recorren las cortinas para poder fisgonear. 

El edificio tiene paredes azules y una reja pintada de color oscuro. Detrás de ella, hay un pasillo que conduce a la primera vivienda y de ahí a las escaleras que llevan a los pisos superiores. No hay ningún adorno, ni plantas, ni perros; y a esas horas, ni gente. En las casas tampoco hay ruido ni música. Nada. Sólo silencio y oscuridad. El intercambio en el  murmullo de voces frente al 201 es inaudible, fugaz. La silueta da media vuelta y dirige sus pasos hacia la calle hasta perderse. Es Año Nuevo. 

Este amanecer del nuevo y resignado 2020, en la Ciudad de México, promete ser cálido y luminoso. Sin embargo, en el ambiente se percibe algo distinto. Acontecimientos como el de la noche anterior siempre generan susurros suspicaces que le dan nueva vida al tedio y a la rutina cotidiana del vecindario: miradas cómplices y discretas, sonrisas maliciosas, comentarios mordaces entre los moradores. Pasado el mediodía subo a la azotea con el cesto de ropa. Sorteo los tendederos vecinos, atiborrados con diversas prendas que esperan, resignadas, los intensos rayos del sol que les expriman el exceso de humedad. Aquí tampoco hay nada. Casi enseguida llega Doña Luisa.

―¿Qué haces por aquí? ―Me pregunta con gesto malicioso.

―Lo mismo que usted: tendiendo, ¿qué más? 

 Impaciente, va directo al comentario de su interés.

―¿Ya sabes que anoche se fue Laurita? Dicen que se pasó a despedir del fulano del 201. Ya los había visto raros, pero no quería creerlo.

―Sí, eso oí ―digo con indiferencia.   

―¡Pobre del marido! Ahora que llegue y se entere, ¡Qué barbaridad!

Mueve la cabeza de un lado a otro sin parar. Luego de tender un par de prendas, afirma con seguridad que cree que lo hizo porque ella sentía que él la maltrataba y no sé qué tanta cosa.

―Lo que pasa es que ahora las mujeres ya no quieren cargar su cruz, ―explica―, ya no quieren que se les corrija y tan fácil: mejor se van.

Yo, por supuesto, no estaba de acuerdo. No era sólo Laura: eran Lupita, Isabel, Cristina, Mariana, Irma…, mujeres que han existido, que existen, sin rostro, sin voz, olvidadas y violentadas a través de los tiempos. No sólo Laura. Y no es que fuéramos amigas, nada de eso: sólo vecinas. “Buenos días” “buenas tardes”, era todo. Doña Luisa no dice nada más y yo tampoco. La veo desaparecer entre los lazos rojos, azules verdes y amarillos de los que cuelgan ramilletes de vestimentas, además de una vista panorámica de casas y avenidas que arropan a gentes y autos. Me voy sin despedirme, en silencio. Como Laura. 

Con el tiempo, el suceso perdió vigencia y dio paso a otros acontecimientos más relevantes, de más actualidad: la fractura de la vecina del 105, la mudanza obligada de los vecinos del 203, por problemas con el administrador del edificio. Los pleitos del 305 con los del 306. No estaban de acuerdo en compartir las áreas comunes que ocupaban sus mascotas. Cosas comunes, de todos los días. Del marido de Laura poco o nada se escuchaba: como si no se hubiera dado cuenta de que ella ya no estaba.

Casi dos meses después, Doña Luisa reanuda, en el mismo lugar, aquel tema. Como si me hubiera esperado para continuar. 

―¿Que si la he vuelto a ver? No. ―respondo evasiva. Pero es mentira. Parece no creerme, pero no dice nada más.

¿La última vez que vi a Laura? El ocho de marzo de 2020. Cerca del Monumento a la Revolución, como a eso de las dos de la tarde. La distinguí a distancia, sólo un momento. Usaba una playera morada, pantalón de color negro amplio y un pañuelo verde atado al cuello; ahora traía el pelo largo, teñido de castaño claro. Tenía el gesto de la franca alegría de sus aproximados 40 años y caminaba de aquí para allá entre el bullicio de cientos de mujeres ahí reunidas. Casi no la reconozco. Recuerdo los centenares de pancartas con nombres de mujeres pintadas en letras de color blanco. ¡Ni una más! ¡México feminicida! ¡Basta del patriarcado! ¡Basta de indiferencia! Era parte de la marcha que conmemora el Día Internacional de la Mujer. Ella se veía diferente: sonreía  y sus movimientos eran seguros, firmes. Saltaba, se agitaba. Su actitud era retadora, llena de fuerza, de vida. Me miró apenas un segundo, pero estoy segura de que me reconoció.

En aquel encuentro casual conocí el otro rostro de Laura Torres. Parecía haber hallado el sosiego y recato que había olvidado. ¿Que si fue infiel? Yo no sé, nadie del edificio lo sabe en realidad. Laura y el vecino del 201, según escuché, aseguraban ser amigos desde la infancia. Algunos habitantes decían que una mujer casada no debe tener amigos. En secreto le llamaban “Mujer de cascos ligeros”. Yo considero que la decisión de alejarse del maltrato de su marido fue meramente un asunto de dignidad y amor propio. Sólo eso. Nada que ver con nadie más. 

Dejo a Doña Luisa hablando sola: su voz me llega detrás de las prendas que se agitan con el aire. En las escaleras, me encuentro con el vecino del 201. Nos miramos por un instante. No sé si me escuchó hablar con Doña Luisa, pero parece que quiere preguntarme algo. Al final, no decimos nada: me mira entrar a mi departamento y luego escucho sus pasos dirigirse hacia la escalera, después se pierden en la calle.

Foto: Samantha Pantoja / CC BY (https://creativecommons.org/licenses/by/2.0)

Juana R. (Estado de México, 1962). Algunos de sus cuentos han sido publicados en revistas digitales e impresas, como Vertedero Cultural. Asiste al Taller de Creación Literaria del FARO Indios Verdes desde 2017.

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