Mermelada con hormigas

Por Emiliano PérezGrovas Zapiain

Una caricia extraña cruzó su antebrazo, llegó hasta el codo y bailó por unos segundos en su piel. Agustín miró hacia la dirección del cosquilleo esperando encontrar las largas uñas de su mamá. En cambio, descubrió una hormiga. 

Asustado, agitó la mano y tiró al insecto a la mesa. El animal cayó de pie y se reencontró con su grupo en el sándwich de mermelada que su mamá le había dejado.

Aunque desde que dejaron de fumigar era normal encontrar caminos de hormigas en las paredes, era la primera vez que llegaban al desayuno antes que él. 

Un rayo de sol se coló por la ventana inundando la cocina vacía. Nunca había visto el refrigerador y los estantes bajo esa luz intensa. Se dio cuenta de que a su madre se le había hecho tarde para llevarlo a la escuela. Subió hasta la habitación de su mamá y encontró un cuarto más vacío que la cocina. Abrió el clóset y buscó en el baño de la habitación, pero solo encontró hormigas. Agustín las odiaba, pero tenía que vivir con ellas porque el veneno para insectos hacía que a su madre se le cayera el cabello. 

Bajó a la cocina. Frente a la entrada, sobre una mesita, encontró la peluca de su mamá. Como ella nunca salía sin su peluca, supo que su madre tenía que estar en alguna parte de la casa. El pequeño comenzó a escudriñar cada rincón de su hogar. Abrió todas las puertas de todos los cuartos de la casa. Deslizó las ventas, desvistió las cortinas y dejó que los rayos del mediodía pintaran las paredes sucias de telarañas.  Buscó en la azotea, en el cuarto del enfermero, en la sala de tele, en la terraza, el comedor, el desayunador, el baño de visitas, la estancia, el garage, la calle y el jardín. Su mamá no apareció, pero en todos los rincones encontró  filas de hormigas rodeando muros y perforando grietas bajo la luz intensa. Un cáncer negro había invadido la casa con sus millones de patas y bocas hambrientas de sándwiches de mermelada: se metían entre las ventanas, se filtraban entre la madera y se unían en una gran avenida negra que terminaba en el único lugar donde Agustín no se había atrevido a buscar: la despensa. 

A tan solo dos pasos de su desayuno había una puerta. Los rayos del sol batallaban por perforar las ranuras del portal, pero los cuerpos negros habían llegado primero. Adentro, se escuchaba un rumor oscuro, el de hormigas devorando la madera, mermelada, grasa, piel y cereales de la despensa.

Sabía que no iría a la escuela, pero quería volver a ver a su mamá. Se armó de valor, abrió la puerta y cruzó el umbral. El sol entró a la despensa y reveló a un puñado de insectos que intentaban llevarse la mermelada para alimentar al hormiguero. Agustín descubrió a una hormiga hambrienta perdida entre los estantes. Dejó que el animal montara su brazo. Las patas del insecto bailaron unos segundos en su piel y recorrieron las palmas de sus manos mientras el niño acercaba los dedos a lo que quedaba de mermelada. Bajo la intensa luz de la cocina, en el silencio de la mañana, miró hacia la dirección del cosquilleo en su piel. Encontró las largas uñas de su madre, dándole una última caricia.

Foto: Adam Littman Davis en Unsplash

Emiliano PérezGrovas Zapiain (Ciudad de México, 1995). Egresado de la licenciatura en comunicación con especialidad en cine por la Universidad Iberoamericana (UIA). Participó en el V Encuentro Nacional de Escritores Jóvenes Jesús Gardea con el cuento Pármeno García. Su guion Apaga la tele fue finalista en el primer concurso de guion “Nunca es Tarde”. Recientemente, ha colaborado en las revistas De-lirio y Monolito.

Redes sociales : Emiliano Pérez Grovas Zapiain (Facebook)

 

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