Memoria/olvido

Por Arturo Molina

… como un cuerpo que se hubiera caído hacia el 

infierno del olvido, arrojado allí, a mitad del libro,

por su autor.

Salvador Elizondo. El hipogeo secreto

¿Me recuerdas?, podría preguntarte ahora mismo; lo estoy haciendo, en efecto. ¿Me recuerdas?, y quizá por un instante, amén ínfimo, bregarías en un esfuerzo inocuo por traer mi imagen a tu mente. Porque no cuestiono si acaso me conoces, eso lo dejamos para otro día. 

“¿Me recuerdas?”, se pregunta el narrador de la primera novela de Salvador Elizondo. Farabeuf fue bautizada por el mítico editor Joaquín Diez-Canedo como la crónica de un instante. No sin razón: a cada página, capítulo a capítulo, el tiempo se convierte en un vértigo de lo estático; tenemos la impresión de regresar sin haber avanzado, como el mareo en cama tras una borrachera, la caída en bucle hacia atrás, sin moverte siquiera.

Casi en su mayoría, las personas marchamos —a veces inconsciente, las más con todo discernimiento— en un día a día para ponerle un punto al tatuaje, un ápice de pigmento a las letras de nuestro nombre, dibujado en la piel que es la historia de la humanidad. Es decir, luchamos contra la desmemoria general de nuestro paso por la vida.

Por ello, cuando se lee la sentencia de que “existe algo más tenaz que la memoria: el olvido”, cualquiera podemos darnos un espacio para la meditación; hay que digerir, con el riesgo de pasar días o semanas, sobre la veracidad práctica de la frase. Somos el recuerdo de quienes nos rodean, somos la reminiscencia de la pareja, más que el acto mismo de compartir, digamos, el lecho. 

Esta inquietud de Elizondo se extendió durante su carrera literaria, como sucede con los creadores, quienes siguen una búsqueda personal aunque la sepan inagotable, acaso insulsa, una razón para rodar la pluma. En El hipogeo secreto, su segunda novela, nos vuelve a poner sobre la mesa la idea de lo etéreo, esta vez basando su hipótesis en la continuidad de los hechos; la parábola de una cinta de Möbius en donde todo vuelve a un mismo lugar.

¿Y si somos los personajes de una novela que se está narrando?, ¿y si soy apenas el recuerdo que voy creando en tu mente de mí mismo? El hipogeo secreto se convierte en un artefacto lúdico en que el lector es, a la vez, un protagonista de la historia. Se podría afirmar que en ella, escritor, espectador, narrador, actores y todos estamos en el mismo sillón esperando la siguiente escena, aguardando por algo que desde hace cincuenta mil años esperaba por suceder. 

“Soy, tal vez, el recuerdo remotísimo de mí misma en la memoria de otra que yo he imaginado ser”, se pregunta otro de los ecos que hablan en Farabeuf. Y es que si cabe la posibilidad de ser un personaje que se está narrando, por qué no poner en duda todo aquello que nos rodea. Elizondo es, así, un escritor que plantea pensamientos filosóficos. Recuerdo, ¿recuerdo?, a un profesor que nos hablaba acerca del fundamento del fundamento filosófico, un bucle, a final de cuentas, la cinta de Möbius.

Muchos son los ejemplos literarios que hay acerca de esta incertidumbre, esta inquietud que envuelve a la dudosa memoria. Y es que si es posible implementar recuerdos en la mente, ¿cómo no dudar de todo lo que nos rodea?

Una vez caminaba por la calle con una persona. Pasamos frente a un negocio de cervezas baratas y le conté cómo caí por primera vez en ese lugar, con la intención de leer y escribir. Antes de posar mis nalgas en una de las sillas periqueras, había andado por la zona en busca de una cafetería para pedir un vino. Mi indecisión estribaba en la gastritis flamígera que me atacaba, por lo que al final me dije que sería menos doloroso una cerveza.

Casi al final de la narración de aquella noche, caí en la cuenta que eso en realidad no sucedió, sino que escribí un cuento, eso sí, en la mesa del bar, donde el protagonista sufría de un ardor gástrico tenaz. 

Decía Roberto Bolaño que, en un millón de años, Shakespeare será lo mismo que el escritor más ínfimo de nuestra época. No está nada errado, puesto que quizá somos apenas el recuerdo de alguien que ya no existe o, acaso, nunca existió, tal vez soy —somos— nada más que “la materialización de algo que está a punto de desvanecerse, un recuerdo a punto de ser olvidado”. ¿Me recuerdas?

Foto: Majo Ramírez.

Imagen principal: Salvador Elizondo.

Arturo Molina (1991) es un lector y charlador méxico-boliviano que juega todos los días a ser adulto, usando como objeto lúdico la palabra escrita. En 2016 recibió el VII Premio Nacional Noveles Escritores que otorga la Cámara Departamental del Libro de Santa Cruz, en Bolivia, por el volumen de cuentos Espinas, ya editado en México por La Tinta del Silencio (2019). Ha publicado textos en LetraliaPenumbria y Milenio Diario. Actualmente imparte el taller de iniciación a la creación literaria en el Centro Cultural del México Contemporáneo.

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