Crepas con jarabe de manzanilla en flor

Por Diana Peña Castañeda

La clave no está en las crepas, sino en el jarabe. Previamente bien lavaditas se ponen a cocinar las flores de manzanilla con agua hasta cubrirlas completamente. Se agrega azúcar y piel de limón. Se dejan hervir, cuidando que no se quemen, hasta que el agua tenga consistencia de miel… Aspiro el aire perfumado y en mi olfato se dibuja el albor de mi niñez.

Fue el año en que mamá decidió encargarse de mi educación. Ese mismo año un cohete nueve veces más rápido que una bala fue lanzado al espacio, y millones de personas verían el espectáculo por televisión. Mamá me compró mi propia nave para que yo fuera el capitán de la tripulación. Las partes de plástico se sentían sedosas, con mucho relieve. Tenía tres ruedas de goma, una en la punta y dos atrás cerca de las alas muy pequeñas. Yo estaba sentado en el puesto del comedor que daba hacia la calle, lo sabía porque el viento entraba por la rendija de la ventana y se extendía en mi cara con un gorgorito que hacía agitar la pupila escondida en los pliegues de mis párpados caídos: mi nave pide señal, así que muevo mis pies debajo de la mesa; mi nave se alumbra, la giro, me giro, me elevo por el aire… Mi cohete olía como a plastilina mezclado con vainilla, no sé, aunque después de ese día su olor era extraño como a humo, como el olor del miedo. Los de la NASA dijeron que ese diseño era muy importante porque permitiría reducir los costos de esos viajes. Fue entonces cuando la voz de la televisión dijo: «4-3-2-1», luego se oyó un crujido que apretujó la pantalla hasta hacer temblar los oídos. Mamá se arrimó a mi lado y tomó mi brazo con sus dedos, la nave se me cayó al suelo. “El cielo se hace una lengua gigante de fuego”, mencionó la voz después de gritar: “¡mierda, Dios mío, mierda…” Mamá dijo que fue una explosión enorme, mil veces más grande que cuando el chocolate se riega en la estufa.

Esa noche el presidente de Estados Unidos aseguró que el futuro no era de los temerosos, sino de gente como la tripulación del cohete. Mamá se puso a rezar por esas personas que cayeron al océano. Entre los astronautas había una maestra de escuela, quien fue escogida entre miles para hacer que los niños se interesaran por la exploración espacial. Todos sus estudiantes habían ido a una fiesta para verla volar al espacio. Yo pensaba que tal vez ese día de helada inclemente, en lugar de ir a la nave, ella pudo preferir quedarse en la escuela leyendo un cuento para sus alumnos mientras comían galletitas de maní, pero mamá dijo que era el destino, que es como un anzuelo a la espera de atraparnos.

Cuando mamá estaba embarazada se cuidaba con banquetes de nutrientes, aun así su hijo nació con un peso insuficiente y debió estar en la incubadora por 60 días. Al salir del centro materno ella notó que el niño no se fijaba en nada. Nada cambió después de tres cirugías. Los médicos dijeron que era congénito, aunque en realidad era producto de la oxigenoterapia durante el tiempo que permaneció en la incubadora. Cuando mamá me contaba esa historia terminaba diciendo: “hubieras muerto si no te ponen oxígeno” y se ponía a reír mientras lloraba.

Foto: Diana Peña Castañeda

Aprendí a ver con la nariz puesta en los trazos de los muros, los rincones, el agua, las temperaturas. Aspiraba el olor de los objetos hasta diferenciarlos claramente: lápiz afilado, libro nuevo, libro viejo, pan de nata, cedro de armario, ropa recién lavada, orines, tinta, pegamento, sudor. En mi fantasía intercambiaba los aromas que se mezclaban con el viento, podía crear nuevas esencias hasta que se hacían figura tras figura y eso me procuraba una eterna felicidad. Mamá decía que hay diferentes tipos de olores: los naturales, los artificiales y los que a ella más le gustaban porque significan algo para uno. Ella decía que los artificiales son muy raros porque prenden como una chispa sobre nosotros hasta que les ponemos un nombre, un lugar o una fecha, pero esa sensación depende de la libertad que se pueda sentir en el alma. Yo me quedaba en silencio porque no entendía lo que me decía; entonces, prefería estirar la nariz para poder cubrir todos los aromas.

Cuando tenía ocho años, mamá decidió enviarme a la escuela para que aprendiera lo que hacían los otros niños; mientras la maestra hablaba, yo me deslizaba hacia todos lados del salón, desdoblaba la nariz para aspirar el olor de los objetos y murmuraba palabras que llegaban a mi mente. En ese momento la maestra se acercaba y me gritaba que me quedara sentado, en silencio. Había un niño que aprovechaba el alboroto y me decía: “tontito, eres un tontito, ojos de botella». Mientras los demás niños se reían hasta que la maestra volvía a gritar.

Un día, durante el descanso, los niños querían jugar fútbol, pero el que siempre me molestaba dijo: “el tontito no sabe ni jugar”. Preguntó a los demás quién quería ser de su equipo. Supongo que todos levantaron la mano porque en el patio se hizo un silencio y después escuché risas y voces diciendo “tontito, el tontito se quedó solo…” Yo recuerdo que me incliné sobre las rodillas y lancé la pelota tan fuerte como pude. Después me eché a correr. Esa tarde mamá me recogió de la escuela. Yo la esperaba afuera de la oficina del director. Mamá lloraba mientras él le decía que no podían asumirlo. Al salir, mamá me abrazó y dijo: “ahora yo seré tu maestra”. Pidió a los vecinos libros prestados. Me enseñaba a leer, me hablaba de lugares en el mapa y otras cosas. En el patio trasero de la casa me enseñó que, para saber ver, había que mirar sin prisa. Era un lugar pequeño rodeado de decenas de cogollos de manzanilla que se elevaban por los muros adoquinados. Mamá acercaba mis manos hacia las hojas tiernas, yo sentía cómo se desprendían granos diminutos que se quedaban retenidos en mis dedos, empezaba a frotarlos lentamente hasta que el aroma llegaba a mi nariz. Me deslumbraban todos los aromas, sí, pero nunca alguno fue capaz de atraparme con tanta delicadeza como el de la manzanilla. No lo sé, era como si el olor se prolongara sobre mí como una especie de bruma, se iba metiendo lentamente por cada poro hasta caer largo y suave sobre mi cara. Me gustaba tanto que hasta se me desclavaba el dolor de las pupilas. Mamá decía que era por el efecto tranquilizante que tienen las plantas. Ese era el momento en que mamá me acariciaba la cabeza y me pedía que le contara historias. Entonces, yo empezaba a hablar de piratas que atravesaban los mares, de duendes escalando montes escarpados, de lagunas encantadas y volcanes cubiertos de nieve. Mamá se reía porque yo nunca había estado en esos lugares. Cuando dejaba de ser maestra, se convertía en la campeona del jarabe de manzanilla…

Está cantando. Siempre que prepara jarabe de manzanilla canta. Su voz viene de arriba, seguramente es muy alta. Su voz cae suave por el aire en el inmenso barullo de la cocina. La cuchara de palo se deja llevar por su melodía en movimientos lentos. Escucho giros simples en el fondo de la paila que se hunden y envuelven. La cuchara va y viene sin detenerse.

Ahora se le oye estirar la masa con un palito en el fondo del sartén. Debe estar muy caliente, la manteca chisporrotea. Me pide que cuente hasta treinta. Abro la boca. Cuando callo, noto que voltea las masitas. Siento que se inclina hacia mí. Busca mi mano y la lleva al plato. Ha puesto cuatro crepas, una por una alineadas. Blandas en el centro, asadas en las esquinas. Distingo sus formas redondeadas casi armónicas dispuestas para ser partidas en trozos acompañadas de oleadas de dulce.

El jarabe de manzanilla cae a gotas que saltan y chorrean sobre las crepas. Ella corta el hilo con la yema de su dedo, sus dedos son muy largos hasta el otro lado de la vida. Me unta los labios. Sonrío. Huele a masa caliente enrollada en la aromática presencia. Me besa en el centro de la frente: “¡Cuántos detalles escuchas!” Recuerdo su voz avanzar hacia mí como la luz en el fondo de mi penumbra. Está sentada a mi lado; esa estela difusa de hilos humeantes se esparce sobre mí poco a poco, despacio, sin prisa, como el nacimiento de una crisálida. No lo encuentro semejante a ningún otro olor de los que ya he olido y menos visto, incluso después de medio siglo… Ese instante me producía una bocanada de tranquilidad; creo que es lo más cercano a la presencia de Dios.

Huele a brisa de la tarde, a limones en el suelo, a tierra húmeda, a hojas frescas. El patio. A crepas con jarabe de manzanilla en flor… Huele a mamá.

Foto: Diana Peña Castañeda

Diana Peña Castañeda. Colombiana y profesional en Comunicación Social y Ciencia Política. Me impulsa escribir historias sobre comida como un elemento simbólico quizás, ante la necesidad de darle forma a los sentimientos que a veces son recuerdos, a veces deseos, sueños, fantasías que se plasman en la silenciosa y extraña tela de la vida.

*Segunda entrega de tres recetarios e historias exquisitas.

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