Nuestro tesoro será este mundo sin nombre: Notas sobre La capital del mundo olvidado (2020)

el

Por Eloy Caloca Lafont

Isidro Navarro es muy profundo. No sólo como escritor, sino en cada conversación. A simple vista, es callado y reflexivo, pero basta un poco de confianza para escucharlo dictar cátedras inolvidables sobre la democracia directa, la crisis de las ideologías o el valor social de la educación. Tiene un gran repertorio de anécdotas, porque ha estado en diversas comunidades de todo México coleccionando encuentros y saberes. No obstante, el pedagogo, sociólogo, antropólogo y compañero Navarro —que no es solamente un camarada por ser buen colaborador y amigo; también por su militancia en las causas más justas de la interculturalidad indígena y la lucha magisterial— comparte nuevas experiencias e intensidades si se lee como poeta. Muestra de ello es La capital del mundo olvidado (Libertas, 2020): un libro breve y a la vez inmenso donde el profesor recurre a los portentos de la naturaleza para hablar de los afectos más íntimos. 

I. Entorno y viaje: las raíces añoran sus troncos

Según Ralph Waldo Emerson, una persona que desee encontrarse consigo misma debe alejarse de la sociedad, pero también de su habitación. Este filósofo estadounidense lo tenía bien claro: no hay lenguaje más universal que el de los bosques o los espacios abiertos; salir de manera espontánea para aprender una gramática viva y cambiante, con el aire en el rostro y el roce de la hierba entre los dedos. Partiendo de esta misma premisa, La capital del mundo olvidado es una invitación a detenerse; a hacer una pausa de la saturación de la vida urbana para recuperar nuestro derecho a la contemplación. Igual que si se tratara de una caminata o de un rato para recostarse en el campo y buscar figuras en las nubes o en las estrellas, el poemario recurre a lo más general y primigenio —páramos,  montañas, ríos, tormentas— para introducirnos en los mundos personales del poeta. Así, Isidro Navarro toma prestados algunos retazos de la vastedad del paisaje natural, con sus calmas, amplitudes y vacíos, y los borda con emociones y recuerdos. Como en la poesía de Walt Whitman, se esboza un autorretrato que es, al mismo tiempo, la imagen de todo y de todos, redibujando los ecosistemas que creíamos conocer o  recuperando sus milagros más cotidianos: la luz, el café, el pan y el tabaco; el llanto, el canto y la caricia. 

En cada verso hay reverencia total hacia el cosmos y su grandeza. Las y los seres humanos, que en ocasiones nos creemos trascendentes e inteligentes por “e s c u c h a r / y ver el tono del silencio” (p. 9) o haber conformado los códigos de una civilización “vestida de razón / aderezada de conciencia” (13), empequeñecemos ante la divinidad descomunal de la naturaleza:

porque no somos de algún pastizal ni desierto

pertenecemos al cielo que nos cubre

y a la sombra que dibujamos con un ego

que siempre será más grande que la biomasa

desde el primer bípedo de pulgar abatible

hasta el último post

con la endeble estructura de nuestra incertidumbre

de tamaño siempre superior a la distancia

que recorre un grano de sal

pasando por todas las corrientes marinas

en los años del planeta (13)

Dejamos de percatarnos de que, cuando ya no estemos aquí, cuando todas las edificaciones y patrimonios de la modernidad se hayan ido, lo único que se preservará serán “los colores sin su nombre” (47); todo aquello que quisimos controlar y acabó por rebasarnos:

no aprendemos a dimensionar

o podríamos comprender que el cielo no se divide

ni dibuja osas

que la luz no lleva reloj consigo

y nadie abre los ojos al mismo tiempo

sin amor de por medio (14)

Por eso, en los poemas hay sentidos apocalípticos y hasta milenaristas, pero con devoción hacia la feminidad como origen y final de la vida. Se habla de una ella que ha de volver y que puede interpretarse como la amada, la madre, la Madre Tierra o la felicidad, cuyo retorno “alegrará los ríos y caminos / cantará el fin de la sequía / abrazará las rocas en silencio” (40). No obstante, este regreso lleno de cantos, cariño, mariposas y sol dependerá de que los insensatos aprendan a ser humildes y reconozcan su propia futilidad. No será posible si cada quien —como dice otro gran poeta, Alastair Reid— se olvida de que estamos de paso; que únicamente somos jardineros, cuidando  un Edén que no nos pertenece. 

De este modo, la capital del mundo olvidado del título es la única ciudad que no puede ser diseñada ni conquistada, ya que sus “edificios son de arena / y los sueños de hierro” (47). Es el hábitat magnífico donde comenzó la aventura de nuestra existencia o la fantasía de un santuario inmortal: “cuenta la historia de los mares / grano por grano acumula recuerdos / hasta que nazcan montañas” (47). Una especie de Xanadú, Valhala o Zión donde siempre hay permiso para asombrarse, como en los días de la infancia. Ahí, prima la inocencia: “las niñas viven sin el peso de las miradas” y “los niños juegan sin perder la agudeza de su voz” (48). Un planeta que “punza / corta / sana”, donde “vendrás / llegarás cuando la soberbia te abandone […] vendrás / cuando tu nombre se borre de todas las placas / cuando sepas que la luz / te nace del fondo no del sol” (48). 

Navarro expone toda su sensibilidad sin dejar de ser materialista ni revolucionario. Pero, mientras algunos de sus ensayos se han enfocado más en temas políticos o sociales, sus poemas hacen emerger su romanticismo, en el sentido decimonónico de este concepto. Las inquietudes del espíritu son el centro del poemario: la ausencia y las tristezas que la acompañan; la nostalgia por la juventud y la inocencia; la evocación contenta y sublime del erotismo. Sin embargo, todas estas improntas van convirtiéndose en huellas sobre el suelo húmedo, una vez que lo inefable queda anclado a los olores, sonidos y escenas del escampado:

esas noches

en que dibujamos árboles por la ventana 

y cantamos nuestra alegría

como el viento al mar

las nubes acarician la montaña

con cada gota

y nos acariciamos

en cada frase nos abrazamos

en cada frase como brasa (21)

Su poética está en deuda con el wanderlust alemán, que puede entenderse como la pasión y el acto de escapar o deambular. No importa que el paseo no sea físico; basta con la remembranza o el intercambio sensorial con otros cuerpos, con la mirada o el tacto, para hacer el viaje. “Los pies pueden andar / nada saben de sueños / el dolor sólo lo conocen por sus talones” (49), pero cuando son conducidos por el ímpetu de perderse por lugares o tiempos remotos, en las praderas o en la imaginación, se vuelven inseparables del “corazón que nos busca” (50). Porque toda excursión es un descubrimiento, tanto de nosotros mismos y del medio, como de quienes nos precedieron: “el aliento de los que caminan la misma brecha / el grito de las miradas que nos empujan / el color de la tierra” (50). 

Foto de Lukasz Szmigiel en Unsplash

II. Tiempo y memoria: con los caminos del olvido marcados en el rostro

Otra importante fascinación de Navarro es el paso del tiempo, que no perdona. En sus poemas, “la vida se va […] la vida no vuelve / no por la tierra” (25). La Historia es equivalente a un vendaval “que lava / borra / sumerge / y deja florecer” (21). Todo se vuelve transitorio: “gris / como metal / en la piedra / midiendo el tiempo que le resta / que erosiona” (21). Y, al hablar de esta desesperación por los lapsos que se agotan, el poeta no sólo se refiere al tiempo histórico, el cronos, sino también a la percepción subjetiva de la temporalidad de la vida: el kairos. Si bien fluyen los ríos, se agotan los pétalos de cada flor y “pierde la pasión sus garras”, o bien “la bestia / quiebra sus huesos” (34), también se escurre la novedad de las hazañas y la curiosidad de nuestro primer amor. Los impulsos vigorosos de la adolescencia se vuelven “los sueños que nacen en cada lágrima / y mueren de asfixia porque así la / tristeza se reproduce / y la cordura se mantiene” (33). El recuento de los episodios de cada autobiografía no es más que  “vaciar de tiempo tantos tarros / y tazas de café” (33). Porque, como sentencia Navarro: “sobre el tiempo reza el recuerdo borroso / […] nadie vence cuando el tiempo se desgrana” (34). 

Sin embargo, no todo es existencialismo ni pesar. Como muchos poetas, desde Emily Dickinson hasta Langston Hughes, pasando por el antes mencionado Whitman, Isidro Navarro se abandera con el tópico del carpe diem: aprovechar el día, aquí y ahora, con la máxima agudeza de los sentidos y la atención fija en la belleza de lo más pequeño. “No todo está perdido / no toda alegría se condena al naufragio” (24). Pero, para adueñarse de los obsequios de cada instante hay que mirar por la ventana en la madrugada, guardar las voces de nuestros mayores, liberar la sonrisa y estar ligero de equipaje; dejar la ambición de aprehenderlo todo. Saber que “el equilibrio no existe” (16), pero sí los brazos, el cuello y los aromas de quienes amamos. 

Todo esto va desenrollando sobre la mesa el concepto de memoria que presenta el poemario. A veces, se trata de la añoranza que “lleva a cuestas el porvenir / a pesar mío / a pesar nuestro” (34); el deseo que con el paso de los años se convirtió en desdén o la galería de los placeres que no volverán:

los sonidos se extravían

alados

huecos como el amor añejo

grises como la persistencia de tu ausencia

dorados como la tarde en que te esperé (31)

No obstante, en otras ocasiones rememorar es ganarle una partida al tiempo. Hacer un brindis por las hazañas que “no se cuentan / para saborear tus labios / con su voz de arroyo” (54). Si bien, en ocasiones, el amor ha partido, la fortuna que nos queda está en haberlo vivido y en volver a vivirlo, una y otra vez, con ayuda de la naturaleza, el recuerdo y la poesía:

cuando contamos el tiempo

lanzamos varas al cielo

subimos al árbol más alto

saltamos descalzos sobre las nubes

buscamos la luna con sus grietas

la besamos en los charcos

extrañamos a los niños que nos abandonaron

cuando cambió la voz

cuando creímos tener palabra

y comenzamos a temer la lluvia (43)

Foto de Goutham Krishna en Unsplash

III. Palabra y creación: donde la historia se cuenta con silencios / ahí nos fuimos a perder

En el ejercicio terrible o glorioso de recordar, y en el afán de convertir los cielos y los llanos, con toda la riqueza de su flora y de su fauna, en poemas, Isidro Navarro también reflexiona sobre su propio oficio. Para él, los mejores poetas son los abuelos y los niños, que dejan en sus palabras “ilusiones  derretidas / que devoran las piedras / para escupirlas lejos / desde arriba de la montaña” (38). En cada anciano hay un puente glorioso al mundo pasado; un sembradío de imágenes perdidas. Por otro lado, en las y los chiquillos se recobra la “risa que invita al movimiento” (55). No obstante, se puede ser sabio sin vejez ni infancia, siempre y cuando exista el atrevimiento de no olvidar; de sembrar “cada paso / cada beso ahogado / por el silencio frío del tiempo” (39). Y es en esta misión que se canta “para llenar el viento / para recordar al sol que brilla sobre nosotros” (38). Es gracias a la poesía que se puede fabricar una fuente de sensaciones que renacen en cada lectura; aproximarse a la capital del mundo olvidado y traerla al presente. 

Las grandes protagonistas del poemario son las palabras, porque almacenan “tierras añoradas por otros ojos / otras manos” (23). Se les compara con “espejos / que multiplican nuestros brazos”; con “dragones diminutos / que entran por los ojos / y encierran el fuego de tu vientre”; y con “duendes / que viven en el bosque de tus miedos” (23). Tienen la capacidad de darle consistencia a lo que se desvanece y accionarse como gatillos que detonan las acciones. Son “la pólvora / son fuego / son la coa / el hambre / la sed” (24). 

En su ensayo Magia, lenguaje y el sentido de la vida, Navarro ha dicho que las palabras están emparentadas con el arte del conjuro. Infringen daño y son capaces de remediarlo; transitan distancias, sirven como herramientas y guardan conocimientos. Aunque, jamás son suficientes, porque sus sentidos las desbordan y se consumen con facilidad, como fuegos fatuos. En los poemas tienen cierto poder, por lo que deben ser usadas con cautela: 

forman el sueño y la justicia

el crimen y la condena

son la muerte del poeta

[…]

no te dejes llevar

las palabras son al amor

lo que el cuerpo al coito (25)

Foto de Thomas Kelley en Unsplash

IV. Amor y libertad: cuando ella vino el olvido parecía un oasis 

Además de ser un epistolario de amor a la naturaleza y a la palabra, el libro de Navarro puede enmarcarse dentro de la poesía amorosa más tradicional, donde el alma se aflige, ilusiona y entrega por un o una amante. No obstante, el poeta persiste en que no hay amor posible ni descriptible sin estampas naturales, por lo que enamorarse es “cantar como los grillos / como la corriente / […] como el río a las piedras” (38); “saltar al vacío” (10); “congelarse en los extremos y humedecer nuestro centro” (9). Tanto así, que la expresión total de amarse es devenir árbol, viento, ola o nube; transformar “una mirada” en “tu mirada” (10). El objeto afectivo, esa persona que se ama intensamente con la corporalidad o con el discurso, serás “tú ciudad / tú monte / tú montaña” (30). Y el locus amoenus, ese lugar tranquilo para el amor, alejado de la presión y del bullicio; el templo donde ocurrirá la entrega mutua, será

la noche en que crecemos como rama

nos volvemos hojarasca

nos acariciamos

nos 

hacemos

grandes

[…]

esas noches

pasa nada

pasa todo

como una lluvia de estrellas

desde la ventana (22)

Por esta celebración del amor y de la vida, La capital del mundo olvidado es también un manifiesto sobre la libertad. No hay mayor muestra de que se ama que olvidarse de las cargas, gritar y “bailar cuando los otros comen / soñar cuando otros sólo duermen” (57). Atreverse a mostrarse feliz, pero no con la ingenuidad de una actitud positiva, sino con el rigor de los alquimistas o los músicos. Entrenando los sentidos, materializando los anhelos, y cultivando “el llanto que alimenta” con “alegría que sabe a swing / a jazz / a cámara llena de tonos soprano” (19). 

Recordar que no somos más que caminantes. En algunas ocasiones, cansados y detenidos; en otras, avanzando; y en otras más, limpiando el sudor de nuestras frentes, exhalando y volteando hacia arriba:

porque arrieros somos

y en la vida nos hemos encontrado

con el corazón a la izquierda del dolor y la alegría

con la playa vacía

y otras promesas servidas por desayuno

[…]

porque las revoluciones

aunque sirvan para soñar el arcoiris

más que para verle la raíz

nos cambian por dentro (55)

*Para adquirir una copia de La Capital del mundo olvidado, ponte en contacto con Editorial Libertas o escribe a libertaseditorial@riseup.net e isidronavalt@gmail.com 

La capital del mundo olvidado de Isidro Navarro (Libertas, 2020)

Referencias

El título es un verso del poema Me voy con la sombra (29). Los subtítulos provienen de Miradas internas (10), El nacimiento del olvido (11), Incursión al centro (26) y Faro estelar (51).  

Ralph Waldo Emerson. Naturaleza (1833, ed. 2020). Nórdica. 

Isidro Navarro. “Magia, lenguaje y el sentido de la vida I” (2020). Isidro Alterrealista. 

Poets.org. “Carpe diem: Poems for making the most of the time” (2021). Academy of American Poets. 

Alastair Reid. Antología resonante. Selección de obra poética y ensayística. Traducción y compendio  de Pura López Colomé. Bonobos. 

Robert C. Schlobin. “The locus amoenus and the family quest” (1984). Kansas Quarterly. 

Rebeca Solnt. Wanderlust. Una historia del caminar (2016). Capitán Swing. 

Guadalupe Valencia. Entre cronos y kairos. Las formas del tiempo histórico (2007). Anthropos. Walt Whitman. “Canto a mí mismo” (1860, ed. 2009). Hojas de hierba (edición bilingüe). Alianza.

Eloy Caloca Lafont (1987). Es doctor en Humanidades por el Tecnológico de Monterrey. Actualmente es profesor de filosofía, metodología y pensamiento político, e investigador en el Programa Universitario de Estudios sobre Democracia, Justicia y Sociedad (PUEDJS) de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).

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