Un trozo de suerte

Por Irad Díaz

Hubo una temporada donde se me daba mejor escribir en los cafés. En aquel entonces todo lo que necesitaba era una libreta como esta, un bolígrafo como este, el dinero equivalente a una hora de americanos y un poco de suerte. Aquella suerte consistía en un pedazo de papel fotográfico doblado por la mitad e impreso de manera inexperta en tu casa, que siempre guardaba fuera de la cartera en alguno de mis bolsillos.

Uno de esos días decidiste pasar por un latte y me encontraste ahí, con el trozo de fotografía en uno de mis bolsillos, con un bolígrafo como este, arañando a toda máquina una libreta como esta. «Continúa», dijiste al sentarte frente a mí, «termina lo que estás escribiendo y luego aprecias toda mi belleza». Yo terminé de escribir aquel párrafo, era uno bueno, incluso después fue publicado. Cerré la libreta y entonces pude apreciar toda tu belleza. Después de terminar los cafés ordenamos vino barato, nos besamos y te invité a mi casa. 

De eso ya hace más de un año, lo recordé ayer mientras observaba aquel trozo de fotografía que por casualidad encontré al lado de una libreta como esta en el fondo de un cajón. ¿Qué habrá pasado con aquella suerte?, me pregunté. ¿Se habrá ido con ese último trago de vino barato? ¿Desapareció con la llegada de esta pandemia? ¿Es esa suerte el motivo actual de mi mala literatura? Indagaba en torno a ello cuando vibró mi celular.

«¿Has salido en esta cuarentena?», fue lo primero que escribiste. Yo había perdido la cuenta de los días que llevaba encerrado en mi casa. Después de que el virus le pegó tan fuerte a mi mejor amigo, que lo venció en el hospital en medio de tubos, máquinas y calefacción artificial, me sobrevino cierta paranoia obsesiva. Reduje mi contacto con el exterior al mínimo posible. Comencé a pedir todos mis suministros a domicilio, a impulsar mi sistema inmunológico e incluso a desinfectar mi espacio cada vez que en el exterior soplaba el viento. «Dime que no tienes COVID», te apresuraste a escribir. «No tengo», respondí. «Yo tampoco, pero ya no soporto el encierro. Estoy a nada de arañar mis paredes». Leí tu mensaje y quise buscar algún cliché para tranquilizarte, pero te adelantaste con un «Durmamos juntos. Mi hermano está fuera de la ciudad y dejó su casa sola. Tengo café, lleva algo para cenar».

Entonces recordé la última ocasión que tuve sexo con otra chica. Su nombre era Natalia. Esta cuarentena recién había empezado y ella creía que todo era una conspiración política, cuyos motivos el pueblo jamás iba a comprender hasta haber consumado sus fines. Aquella tarde se había peleado con su esposa y tuvo sexo conmigo, más por desagravio que por placer. Resultó que días después me llamó para decirme que tenía que un retraso. Luego su esposa marcó mi número y me amenazó de muerte. Todo quedó en el olvido cuando la prueba de embarazo dibujó un pequeño signo negativo en la pantallita. Aquel día abrí una cerveza y miré por la ventana un horizonte libre de nubes. “Al menos fue emocionante; arriesgado, pero emocionante”, escribí en esta libreta con la frustración de no poder completar siquiera un párrafo entero.

Llegué a casa de tu hermano antes del ocaso. En tiempos pasados habríamos saltado a la cama sin reparar siquiera en un saludo. Pero ahora, justo en la entrada, rociaste mi cuerpo con desinfectante, lo que abrió espacio para cierto diálogo un tanto incómodo y superficial. Después de hacer el amor preparamos café de grano y sopa ramen. «Tengo un regalo para ti», declaraste hurgando en tu mochila, y sacaste un bolígrafo idéntico a este. «Espero que siga siendo tu pluma favorita», dijiste mientras pintabas un pequeño triángulo sobre mi brazo. «Lo es, suelta la tinta necesaria y cuesta menos que un americano». Me diste la razón con una sonrisa y añadiste: «Además de que las consigues en cualquier lado». Te di las gracias por el regalo y lamenté no haber llevado nada para ti. «Trajiste ramen; es cálido y rico en proteínas». Una sonrisa asomó en nuestros labios y me quedé mirando toda la belleza de tu rostro. «¿Qué tanto me miras?», quisiste saber. «Hubiera traído vino barato», me limité a decir. Luego me preguntaste si aún conservaba aquel pedazo de fotografía que me habías dado hace tiempo. «Lo tengo guardado en el fondo de un cajón», mentí.

Al terminar la cena me cuestionaste el hecho de que nunca te había pedido que fuéramos novios. Busqué alguna razón, pero en realidad no la había. Entonces me dediqué a encontrar las palabras para disculparme, pero en vez de eso pregunté: «¿Quieres andar conmigo?». Tú mitigaste una sonrisa y me volviste a llevar a la cama. Hicimos el amor de nuevo y nos quedamos ahí tendidos sin siquiera cerrar las persianas. Hacía buen tiempo, tu espalda era cálida y tu respirar tranquilo. A través de la ventana lo único que se podía ver desde mi posición era una pared gris, apenas iluminada por la luna. Cuando te dormiste yo me seguía preguntando el por qué nunca te he pedido que seas mi novia. Eres guapa, delgada e inteligente. Quizá incluso demasiado. Entonces comenzó a sonar mi celular. Te despertaste, lo buscamos en el suelo y lo encontraste debajo de mi playera. Era Natalia. Seguro se había vuelto a pelear con su esposa. Yo prefería estar con la chica de respiración cálida y espalda tranquila, así que me limité a bloquear la pantalla del celular. «¿Quién es Natalia?», me preguntaste. Después de explicar mis razones para no contestar, te pusiste la ropa interior mientras decías: «Esa es una buena razón para no andar conmigo: hay alguien más». Quise debatir, pero me interrumpiste diciendo: «Puedes seguir durmiendo junto a mí. Total, yo fui la que pidió que vinieras».

Hoy por la mañana preparé café y un par de huevos que tu hermano había dejado en el refrigerador. «¿No vas a comer?», me preguntaste en la mesa. «No me gusta el huevo», respondí. «Es una lástima, porque te quedaron sabrosos». Intenté sacar el tema sobre la llamada de anoche pero no quisiste escuchar. «En verdad necesitaba olvidar todo este asunto de la pandemia, me ayudaste a eso y te lo agradezco. No digo que no podamos estar juntos, pero soy una mujer egoísta, ¿sabes? Y quiero a un hombre solo para mí», dijiste y arrimaste la taza a tus labios. «Mientras el café te siga quedando tan bien seguiremos teniendo una oportunidad». 

En el exterior seguía haciendo buen tiempo, unas cuantas nubes mitigaban el clima caluroso. En otra época me habría pasado a una cafetería para reflexionar y escribir en torno al amor. Pero ahora los locales están cerrados y el corazón de las personas susceptibles. Camino a casa pude reconocer lo afortunado que soy, supe que en realidad no necesitaba de mucho. Incluso no necesitaba de aquella suerte, aunque sí que me reconfortó tantear aquel pedazo de fotografía en mi bolsillo mientras caminaba.

Foto: Daria Gudoshikova en Unsplash

Irad Díaz. He sido publicado de manera impresa en “La Colmena” revista de cultural de la UAEM con 2 cuentos. Y de manera digital en las revistas “Casa Rosa” y “Sobre Línea”, con 3 cuentos y 1 crónica.

Twitter: @IradSa

 

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