De muertos y arroz con leche

Por Sara E. Arauna

Creo que preparar arroz con leche necesita vocación de mártir. Yo lo amo, sobre todo recién hecho. Podría desayunar y cenarlo a diario pero, sólo de imaginarme meneando la cazuela al menos una hora con la consigna de que no rompa a hervor y de que no se pegue, se me aplaza el antojo. Rara vez tengo de sobra las dos horas que toma todo el proceso por lo que prepararlo es casi una protesta, militancia contra la productividad: podría ganar dinero pero no, haré arroz con leche.

Nunca he sido de cocinar, de hecho me caga: la idea de que entre la conciencia del hambre y el momento de comer pueda haber fácilmente una hora, más los trastes, me desanima por completo. Soy parroquiana ortodoxa de las fondas y la comodidad de una comida económica que me incluye arroz, sopa y postre; lo anterior me ha convencido de la ineficacia de guisar. No le veo ventajas; sin embargo, tengo que admitir que hay  sabores, combinaciones, gustos, lo que ambiguamente llamamos sazón, eso que únicamente se consigue a punta de práctica y precisión. Qué feos son los guacamoles de restaurante, qué desgracia probar un pambazo vacío y qué resignación al encontrar una hamburguesa mediocre. 

El arroz con leche tiene un lugar tradicional en los postres de fácil acceso, tan común es encontrarlo en fondas, taquerías o tienditas que me siento con delirio de persecución: cómo podemos llamar a esa masa batida, fría y grumosa arroz con leche. No me sorprende que las tasas de matrimonio vayan en picada: sólo me casaría con un hombre que me pueda curar la nostalgia con un buen arroz con leche.

El dulzor que no empalaga, el hervor de naranja, la textura del arroz suave y cremoso, los tropiezos diminutos que se deshacen en la calidez de la boca, me transportan a la devoción de mis tías preparando enormes cazuelas de barro. El primero de noviembre, en ese pueblo perdido de Morelos en el que mantengo las raíces lejanas de mi abuela materna, había que verlas meneando 20 litros de leche para dar de comer a los muertos chiquitos y los vivos de todas las edades. En mi ortodoxa visión de la vida, ese es el arroz con leche real: recién hecho, batido por horas eternas que transcurrían entre charlas de antaño, el olor de la leña y el azúcar a ojo. Ese es el sabor de la ofrenda: hablar de las mismas anécdotas cada año, de los mismos muertos más uno que otro nuevo, oír las mismas sentencias y saber que son esas dos o tres historias suficientes para no olvidar ni al sabor ni a los difuntos. Mi naturaleza dogmática me hizo comer ese delicioso postre únicamente durante ese par de días de fiesta y siempre recién hecho. Ya tenía medidos los temperamentos de cada tía por su hora para preparar el arroz: tempranito, Paula que no le gusta retrasarse; a mediodía, Tina, que se prepara sin prisa y sin pausa; a media tarde, Fausta, que era tía de mi abuela y quien parecía ganar tiempo del tiempo con una prole interminable por alimentar y hoy día ya menguada  —la prole y ella—.

Ese era el primer sabor que quise imitar cuando me fui a vivir sola. En una micro cazuela de barro me aventé su elaboración sin ninguna receta, solo con la absurda idea de que quedaría en un tris tras sin más complicaciones. Basta decir que se echó a perder el arroz, la leche y la cazuela y que apestó a quemado por tres días. 

Pero, ¿qué había en ese sabor que valiera tanto la pena como para ir en contra de todas mis convicciones y querer entrar a la cocina a pasar horas frente a una olla que apenas me conoce?

Crecí visitando el susodicho pueblo perdido de Morelos cada Semana Santa y cada Día de Muertos. La semana mayor, si bien teatral y con una visita más larga, nunca causó más fascinación en mí a pesar de sus ritos peculiares y sangrientos: no faltaban algunos penitentes ni sobraban procesiones y largos ritos litúrgicos. Las iglesias siempre me dieron algo de miedo y hoy, siempre, algo de asco. En su día eran enormes y solemnes y hoy me es imposible separarlas de la ideología y la historia. En cambio, los primeros de noviembre eran días en los que me dedicaba a ir por mandados entre calles en las que se vivía una realidad tan lejana de la mía y en la que era normal caminar largas cuadras sin supervisión y sin miedo a ser atropellada aun a una tierna edad. Así, dependiendo de con quién estuviera, la preparación de la ofrenda se comenzaba desde el 27 o 28 de octubre y las provisiones se buscaban desde mucho antes. Cada casa tenía algunas manías frente al ritual y yo participaba de todas como la visitante que agasajaban con lo mejor de cada mesa. 

Empero, no era cosa de descanso ni guasa; eran días fuertes y llenos de trabajo: ir por las tortillas temprano, luego el pollo, la leche recién ordeñada, las flores, las ceras. Lavar trastes guardados y solo usados para este caso, preparar candelabros y enormes cubetas cual floreros, pelar flores, prender la lumbre, montar el encaramado del altar y barrer y barrer y barrer para poner el camino de flores y quitar constantemente la ceniza. Mi tía Paula —madrina de mi abuelo y quien en mi memoria infantil representaba la idea misma de la vejez— era una dogmática de la buena atención a las visitas del más allá y dictaba que se sirviera comida, cena, almuerzo y desayuno. Se debía observar el orden en que se sentaba a los difuntos en la mesa y atender los caprichos y peticiones de cada uno. 

Recuerdo la larga hilera de ceras que colocaba en el piso de cemento pulido: un par para sus papás, luego sus hermanos, su amiga, sus tíos, tal vez algún amor lejano cuyo nombre apenas bisbiseaba y sus sobrinos: mi abuelo y sus hermanos que la habían adelantado. La lista era larga y a veces pedía perdón por dejar a alguno fuera. Eso sí, siempre ponía una para las almas viejas, así como para los muertos de nuestros muertos: «porque no hay que olvidarnos de ellos y para que todos quepan».

Muchos años después, Paula decía que la muerte se había olvidado de ella a sus 94 años, sola y llena de achaques; sabemos que no es así, la muerte puede venir a destiempo, pero nunca falta, porque ese mismo año murió.

Foto: Sara E. Arauna

Algunas ofrendas eran más modernas, mis primos, ponían a mi tía Rosa una ofrenda memorable llena de chocolates y dulces: junto al mole y el pipián colocaban una icónica canasta de cerámica en la que, en los mejores tiempos, cabían hasta unos cuatro kilos de kisses, milky ways, miguelitos, skuinkles y paletas variadas. El dos de noviembre, a las doce y cinco en punto, todos los sobrinos y primos se formaban solemnes para que, en cuanto Paulina empezara a desmontar la ofrenda, les tocara parte del botín.

En esa ofrenda, con Pau, fue con quien maduré la tradición. Uno adopta siempre a parte de la parentela y Pau y yo siempre fuimos cercanas en edad. El tiempo nos acercó más en carácter; además, al final fue a su casa a la que acudí en busca de refugio y comprensión más de una vez. Con ella y su hermano preparábamos la ofrenda y ahí hacía base para el resto de las visitas. Desde ese lugar cargaba las flores para el panteón y velar hasta entrada la noche el dos de noviembre. 

Desde hace unos cinco años la vida se ha transformado: aquello que parecía eterno cambió. Yo, que tanto me aferré a ir cada año, tuve que ceder ante el trabajo. Mi prima hoy vive lejos y hace más de dos años que no la veo aunque hablo con ella a menudo. 

Aquel ritual anual, el cual aún hoy siento obligatorio, cada día se ve más lejano; por ello, sospecho que si tenemos ocasión de vivirlo de nuevo, será más un robo al futuro u otra cosa nueva y diferente.

Aquí, en la rareza de los Días de Muerto de la ciudad, sentí siempre como lejana la tradición y sinsentido sus pasos. No había establos a los que acudir por leche ni tías a las que visitar con su ofrenda. Trataba de poner un poco de arroz con leche, sal, agua, pan para mi abuelo, mientras me sentaba en algún lugar de mi departamento a no oír a los niños pedir calavera ni a los parranderos.

Sin embargo, el año pasado murió mi perro y tuve un muerto real a quien llorar. Este año no podía fingir demencia, pues la terrible necesidad de sentirlo cerca solo se me iba a consolar con una ofrenda. 

Así fue como el ritual revivió un poco. No es lo mismo, ni lo será, pero dediqué largas horas a perseguir en tiendas y mercados su crema de cacahuate, tomatitos cherry, el carbón para el copal, las flores de cempasúchil y otros antojos para las mascotas de la casa. Fueron horas largas que no tenía y, sin dudarlo, las dediqué a forrar mesas, a hacer espacio, a prender humo y velas y a hacer arroz con leche, con sus dos horas largas. Fue como decir: “te dedico este tiempo como te lo dediqué en vida, te doy estos actos de servicio como te los di en vida en señal de amor. Aún hoy te daría mi fuerza y mis mimos; por eso estoy aquí, paseando por mercados, cocinando, montando una mesa con esto que me recuerda a ti”.

Siempre he pensado que los rituales para los muertos son para los vivos, pero hoy lo reformulo porque ya tengo a mis propios muertos, los que sufrí en agonía, a quienes acompañé hasta la tumba, a los que tal vez solo yo lloro y la necesidad de ellos alimenta mi arraigo, el profundo arraigo de poner “esta vela en honor de tu alma”  —como rezaba mi tía Paula mientras hacía la señal de cruz, siempre con cerillos, e hincada— es más del corazón que de la razón y, por lo tanto, más de los muertos que de los vivos, más de lo etéreo que de lo terrenal.

Este año, con mis nuevos muertos a cuestas, decidí arraigar la tradición en la casa. Con ayuda de mi churris, esa la familia que ya somos, pusimos una ofrenda el 27 para la Toba, La Gorda, el Boxi y el Noggy. Anticipando que deben tomar fuerzas para cuando nos ayuden a cruzar al Mictlán, me empeñé en cumplir caprichos: chicharrón, un hueso sacado de una película slayer, queso y leche.

También me empeñé en recrear los olores y aquello que pudiera rescatar de esos días lejanos: un tazón de dulces que no es una canasta, incienso como para humear toda la cuadra, aunque estemos en un octavo piso, y flores para decorar una tumba que o no existe o nos queda muy lejos.

Puse una vela grande y larga para las almas solas, para que todos quepan, y me puse a hacer pan de muerto con la esperanza de encontrar otra manera más de salvar esos sabores que valen las mil horas en la cocina. Pero, sobre todo, hice arroz con leche, con las dos horas de liturgia, con su ritual de comerse recién hecho, como una manera más de protestar pero ahora contra el tiempo: aquí siguen y aquí seguirán porque los estamos esperando.

Foto: Sara E. Arauna

Sara E. Arauna (1989). Licenciada en Lengua y Literaturas Hispánicas por la UNAM, especializada en Literatura Infantil en el Instituto de Investigaciones Filológicas de la misma universidad. Feminista y narradora oral. Cuentacuentos, creadora y gestora de programas de fomento a la lectura. Desde 2014 dirige la empresa cultural Amaras: creamos lectores, dedicada al fomento a la lectura, la formación de promotores, la capacitación docente, el diseño de programas, así como proyectos de fomento a la lectura y a la crítica.

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