Quebrantos, sinfonía de bañera desgastada entre paisaje y gemido en Gabriela Rosas

Por Wilson Guillermo Díaz Rodríguez

Vivo llena de peces abajo, adentro

tengo la memoria justa de un orgasmo 

Gabriela Rosas, Quebrantos  

En el artículo José Martí y su teoría poética de Enrique Gallud Jardiel, se argumenta que el proceso de creación poética no es más que un encuentro amoroso entre el poeta y su poesía. En ella se provoca las interioridades del alma, la voz que habla de sus quebrantos, sus intimidades y sus equivocaciones. Con este preámbulo la obra poética Quebrantos de la poeta caraqueña Gabriela Rosas, es una sinfonía desnuda, pasional entre el paisaje amoroso de los cuerpos cuando se revela los gimoteos en torno al cuerpo amado. 

Existe en Quebrantos la obligación íntima de la equivocación, de esconder la belleza de una cintura extraña que se amolda al verbo, al choque de los dientes como un baile, cuando la lluvia, en este caso el paisaje, dentro del poema se detiene. 

Apreciemos “Baile” su primer quebranto: 

Baile  

¿Quieres que mienta?

diga que puedo defenderme

salir victoriosa de tanta palabra tuya 

de la torsión que significa habitar también tu cuerpo 

o que tú habites el mío como si no tuviese fondo 

 

Claro que me apena

la falta de cintura 

entre otras cosas 

que no quiero que veas   

 

curioso 

me observas 

como si toda la lluvia se contuviese 

para caer entre nosotros  

 

Dices: 

Tranquila amor

no pasa nada 

 

Y pasa la ternura de tu verbo

pasa que me recitas al oído sobre tu cama 

sobre la nueva sábana de hilos recién comprada 

chocamos un segundo nuestros dientes

para cumplir el requisito de equivocarnos

sin agotar nunca todas nuestras destrezas 

la próxima palabra es el siguiente baile 

afuera en el mundo 

no hay mayores secretos que en nuestro interior

 

Y pasas la mano por mi cabello

junto a la caricia que lo aparta de mis ojos 

como si tal vez por un segundo 

la poesía no doliera 

pero duele 

duele ser el poema

y como cierto dolor me es placentero 

lo dejo 

hasta que pase (Rosas, 2015, p. 5).  

Es así que es ardiente y amoroso cuando el poema encarna en el cuerpo femenino y es placer al mismo tiempo, porque duele como también lo expresa José Martí. En Quebrantos, Gabriela Rosas, a través de la espera, agranda el dolor que nace de la belleza angustiada, casi alejada cuando se entrega al arrobamiento punzante de un encuentro. 

“Es la poesía pasional. La otra forma a la que se refiere es cómo una lira blanda de cuerdas sonantísimas en cuyos flexibles alambres hallan acordes fuertes todos los vientos de la vida. Pero, manifestada tanto en una forma como en la otra, la poesía para Martí ha de ser algo vivo; es necesario que debajo de las letras sangre un alma, pues, como ya hemos dicho, estas nacen del dolor. El verso ha de hacer llorar, sollozar, increpar, castigar, crujir la lengua, domada por el pensamiento, como la silla cuando la monta el jinete. Ha de excitar al lector y eso solo se consigue con sinceridad” (Jardiel, 2011, p. 4).   

De esta manera la poesía pasional de Gabriela Rosas castiga, cruje la lengua, hace que solloce el verso, que se abisme la palabra al sincerarse en cada poro de su cuerpo poético. La sinfonía de su creatividad poética fluye entre la bañera, paisaje intimo en donde vive llena de peces envidiados.  

Deleitémonos con “Poro” su segundo quebranto: 

Poro 

Te digo que te quiero con mis manos

me importa que después de tanto escombro 

tanta caída 

sepas decir y digas 

junto a mi cuerpo 

 

Me importa lo temprano de tus sueños 

que llegues limpio 

a tiempo

tú me conoces sabes que no temo 

no pongo el corazón en cualquier parte (Rosas, 2015, p. 6).

Los amargos desfallecimientos, ese hálito en donde el temor pasa enmascarado entre tanto escombro, es el decir en el cuerpo como en el poro se va sumergiendo junto a la poética de Gabriela Rosas. En ella se revela el ser íntimo del poeta como funcionalidad en donde el verso sirve para consolar a su creador o creadora de su tristeza y de su soledad como lo expresa Martí. Pero a pesar del quebranto, también existen los sueños atajados en el tiempo que no temen, ya que se confabulan entre las manos, como un corazón deseando tener un lugar en el cuerpo amado. Y es allí donde se prolongan los sueños entre las intuiciones del deseo.  

Ahora bien, otro tópico que se refleja en Quebrantos es el mar. Pero no es cualquier mar. Es decir, es el mar que se crea con palabras, es el mar todo adentro. Quizás sea apacible, abismal, turbulento, erecto entre olas espumantes y corales secretos que anclan en una isla de besos, en un cuello donde se encuentra el final del mundo y abre la puerta hacia lo infinito, hacia la lluvia con olor a café. 

Ahora degustemos “Una” su tercer quebranto: 

Una 

Este es mi secreto: 

Soy una cueva con todo el mar adentro

 

Doy por conocida una isla cuando me besan

Solo me traicionan los gemidos 

 

Un baño es una puerta a otro planeta

El final del mundo está en mi cuello 

La lluvia es un hombre con olor a café

a veces llueve, 

café en uno (Rosas, 2015, p. 7). 

Es de notable importancia para este estudio abordar el análisis de la teoría y práctica de la función poética que hace Javier del Prado referente a la estructuración metafórica del tema del mar ya que en la obra poética Quebrantos de Gabriela Rosas este tópico es fundamental para comprender la función que cumple la imagen poética en relación al vínculo que tiene su obra hacia lo líquido (mar, agua, río, hielo, nieve, lluvia y frío). 

El autor en síntesis expresa lo siguiente:

“Existen en el cosmos elementos —ámbitos, materias, objetos— que, dada su amplitud y su movilidad sustancial o formal, acceden difícilmente a organizarse para la conciencia del hombre en estructura semántica unívoca y coherente. En todo poeta, algunos de estos elementos suelen aparecer como catalizadores secretos de una experiencia del ser que, dada la naturaleza inaprehensible, encuentra en dicha amplitud y en dicha movilidad las condiciones privilegiadas para alcanzar, gracias a los juegos de la analogía, un espacio mínimo, por ambiguo y por intermitente, de significación. Los elementos materiales del cosmos le ofrecen así al espíritu una posibilidad de decir en metáfora lo invisible e inaprehensible de la esperanza y el deseo. El viento, la nieve en Sain – John Perse; lo azul, mar o cielo, en Juan Ramón; la cabellera y su perfume, en un juego de ondas y de algas, en Baudelaire; la luz, en rutilancia concreta —piedra preciosa, cristal, pupila— o difusa —rayo, reflejo, espuma—, en Mallarmé; el agua, como oscuridad que mana, habla o se calla, en Machado; el mar, en su extensión de brazos y de espumas, en Aleixandre”  (Prado, 1993, pp. 337, 338). 

Javier del Prado afirma que en poesía al mencionar el mar no se trata de un mar de agua y ola, es un mar de palabra que, para decirse, necesita la voz problemática de la metáfora. El mar que se dice en poesía no se tiene ante los ojos, tal vez ni siquiera en la palma de la mano, como una caricia o un temblor; el mar que se dice está en el fondo turbado de la conciencia, como una esperanza, a veces un recuerdo o un deseo. 

El espacio referencial de la palabra mar dice el autor se va poblando de una inmensidad multiplicada sin dejar de ser uno, eternidad constantemente renovada sin olvidar la apariencia inmóvil del instante; es profundidad descendente que ahonda su opacidad fingida hacia lo desconocido y es superficie, espejo que duplica la profundidad ascendente del cielo. La apariencia de la profundidad se encuentra atada en la que los escasos seres que acceden a ella sólo lo harán desde la experiencia de la caída y de la ausencia. Esta apariencia es accidental y vendrá marcada por una emergencia de la ensoñación negativa. 

De alguna manera el secreto se refleja en el siguiente verso: 

Soy una cueva / con todo el mar adentro. Allí la acuarela de la palabra se transforma toda ella en una cueva. Allí nacen los gemidos de la carne entre la lluvia, como consagración a un lugar habitado. En este mar se duplica el sentido de la feminidad que desciende hacia el espejo de la experiencia o la ausencia. 

Ahora apreciemos “Jaque” su cuarto quebranto: 

Jaque 

No encuentro jugada fuera de tu pecho

tanto silencio no cabe en una boca

un gemido es el paisaje más bello

vivo llena de peces

abajo

adentro 

tengo la memoria justa de un orgasmo (Rosas, 2015, p. 8). 

Se podría decir que en este poema ocurre el relámpago dentro y afuera del orgasmo. Ya que el silencio no cabe entre el gemido, pero vive junto al aleteo de los peces. Esta mezcla de memoria, movilidad orgiástica que se suspende en el pecho del poema y juega en hacer “Jaque” es la delicadeza o sutileza que esgrime Rosas para que el sentido del paisaje poético encuentre la sonoridad erótica. Abajo el deseo se multiplica, se aviva, se hace mar. 

Quizás la obra poética Quebrantos de Gabriela Rosas sean postales de lluvia que van hacia la deriva de la tormenta entrometida en la boca. En ella se abre la pasión inconfesable, la que solamente se revela en el poema. Es un columpio que se abandona entre los límites de los encajes, cuando el poema abre las piernas aún más para ir hondo. No obstante también se quiebra al fraccionarse, porque el quebranto nunca espera simplemente llega con el sabor amargo en la herida. 

Apreciemos “Columpio”:   

Columpio 

Yo pude mostrarte el color de mis encajes

abrir las piernas más 

abonar en los límites 

ir hondo

pudo pasarme el silencio un día 

pero jamás contigo 

debiste colocar dentro de tus ojos un pañuelo

para evitar excusas 

                                    vueltas 

                                               círculos 

 y fraccionarme la tonta idea de no poder abandonarte 

porque un espejo roto es suficiente para toda la vida

pero ningún espejo se quiebra tanto como nosotros 

Yo pude decir espera

amor

tengo hambre y hace frío

mi cuerpo es tu columpio  

pero no quise (Rosas, 2015, p. 12).

 La quebradura que se manifiesta abre aún más el círculo del no abandonarse, de entregar el hambre, el frío, de atrapar la prisa del otro para mecer el amor sin excusas. Es la sinceridad de las emociones en un instante, ya que la atadura alterna con la predestinación de la huida. Y es allí donde no bastan las palabras, tan sólo el decir amor en silencio. 

La cacería que se manifiesta entre la voz poética de Gabriela Rosas, es una carne surrealista que no posee dientes e ignora el color de los labios. Pero no es ajena a la nocturnidad del apetito. Al contrario busca adentro de la boca la oscuridad. El hueso del poema transformado en una guinda. Y durante esta cacería sensual se vislumbra la acidez roja que fluye desde el interior experiencial del fruto. Acaso sea la configuración entre un paisaje frutal y un gemido, que no está desesperado ni es presa devoradora en sus adentros. Todo es un fruto nocturno, abierto, convulso, depredador de sensaciones que sucintan en el poema. 

Guinda 

Nunca he sido presa

ajena a mis deseos

no poseo dientes

para la carne que anhelo en mis adentros

ignoro el color de los labios 

durante la cacería

sólo es obvio lo que llevo a mi boca

busco en las noches una guinda (Rosas, 2015, p. 11).  

Soy mi trampa. Así continua un verso de otro de sus quebrantos. Esta aventura poética en Rosas lleva el acto de la autoparodia atravesada por un techo en llamas, bañado en caída. Es un cuerpo que no carga lágrimas ni tiene dolor a las despedidas. Él se quema y a la vez es una herida. También se podría decir que es un monólogo dramático como lo planteaba el dramaturgo y poeta francés Antonin Artaud. Ya que tiene la connotación de la confesión interior poética, donde brota la herida e ilumina con centelleos la trampa en ella y en el otro cuerpo casi invisible. 

Asirse en la penumbra de la ruina, rehaciéndose para engañar el tiempo en cada coito. Sin poseer nada, tan sólo los deseos en estado de llamas. Pareciera que el encuentro se va disipando entre la trampa, el dolor y la noche. El ritual húmedo es la extensión de la piel cada vez más suave. Son hilos flamantes que se encuentran en cada pérdida o despedida. 

Trampa 

Quedé con las manos limpias 

la boca seca 

recién bañada 

la piel más suave que nunca 

 

soy mi trampa 

no cargo lágrimas 

no encuentro ya dolor en las despedidas 

 

mi techo siempre ha estado en llamas

no tengo ganas de volver atravesarlo 

me quemo y es contigo 

 

soy una herida que la noche no cierra (Rosas, 2015, p. 12). 

El yo poético que se interpreta en Quebrantos, en Gabriela Rosas se torna desbocado por el sueño. En él se encuentra la definitiva lujuria afanosa como simbolismo erótico, cuando los cuerpos se encuentran de frente y se fraccionan. En ellos se devela la poética de lo insaciable, el ritmo de los brazos al sostener los gemidos o las ansias de encarnar el sueño a través de un cuerpo ajeno a las ovejas. Son hilos de una ensoñación lubrica que gimotea entre la dicha de la entrepierna. 

Pero también se percibe la mudez en la voz, apartada como negación al lenguaje que sólo los cuerpos entrelazados saben. Y dejan hacia la deriva huellas de pasión incrustadas entre las plantas de los pies. Otra vez inicia el ritual devorante en el sueño para grabar el paisaje ensordecedor al cruzar en los cuerpos. 

Sueño  

Voz hazte a un lado 

que lo quiero de frente 

fraccionando mi cuerpo 

quiero sentir la dicha de la entrepierna 

de ambos brazos 

las plantas de los pies 

 

levantar el cuerpo ajeno a las ovejas 

que los hilos sean nuestros 

otra vez (Rosas, 2015, p. 13).  

Foto de Alexander Krivitskiy en Pexels

En el libro Los avatares de la vanguardia, en el capítulo “La Movediza Modernidad”, Saúl Yurkievich argumenta que existe una vanguardia atribulada, la de la angustia existencial, la del hombre que está solo y espera en medio de la multitud anónima, indiferente a su quebranto, a su orfandad. Es la vanguardia de la asunción desgarradora de la crisis, la del absurdo como universal negativo, la de la imagen desmantelada, la de la visión desintegradora. 

Es la vanguardia de la antiforma y la cultura adversaria, aquella que desbarajusta la textualidad establecida para dar paso a la carga del fondo impaciente, para retrotraer el lenguaje al revoltijo preformal. Es la de la belleza convulsiva, la del discurso deshilachado, la de la coherencia neurótica, la del “circuito entre nuestro pobre día y la noche grande”, la inmersa hasta el tuétano en el informe universo de la contingencia.     

Esta vanguardia desgobierna, desacraliza y desciende; contrapone a la proyección trascendental, a la elevación sublimante y al transporte purificador, la fealdad, el sinsentido y la nonada de la existencia incompleta, oprimida por el orden indeseado, reprimido por los impedimentos empíricos. A la estilización de la poesía transfiguradora opone un registro en bruto de lo sólito, lo local, lo pedestre, de lo crudamente psicosomático, de lo incidental y lo accidental en sus mezcolanzas antitéticas, del hombre en su circunstancia, sujeto al embate desarticulador de su pugna mental y social, del hombre de la vida fraccionada, con la conciencia escindida por oposiciones inconciliables. 

Y en lo que se refiere esencialmente a la poesía y al poema esta especie de vanguardia baldía expresada por Saúl Yurkievich, en el poema se vuelve palimpsesto pleno de sobresaltos, la escritura se agita y se fisura, todo perfilamiento es quebrado por los ritmos frenéticos, el decurso jadeante está impelido por una violencia sincopada, por una exasperación que no tolera detenimientos, que impide toda conclusión retórica, que somete la obra de arte a estar perpetuamente inacabada. 

Partiendo de aquella definición particular de vanguardia, se podría decir que la creación poética de Gabriela Rosas adquiere una correspondencia desgarrada y hasta fisurada con dicha vanguardia que constantemente se perfila en ritmos enardecidos. Un ejemplo vital es el poema “Grillo”, el quebranto está sujeto por el sinsentido ya que lo transfigura hacia un silencio que hurta la comisura de los labios, las palabras que hacen falta y dejan fisuras truncadas en el alma.  

En los versos: / trae animales en su boca / que comen cuando lo beso / yo lo ando sin culpa / lo hago tierno en mis oficios/. Es la belleza convulsa como lo expresa Yurkievich al irse arrastrando con los animales que lleva él hacia el fondo, sin culpa, porque lo va haciendo tierno, es decir, dócil entre sus oficios escindidos. 

De allí también crece lo perpetuo, lo anhelante, el divorcio de la sed cuando se marcha. Su constante poética es el circuito entre el amanecer esperando la sublevación del amor. Pero también es dulce porque calla en la medida en que las imágenes poéticas pertenecen ahora a su amado. Es la amorosa entrega creada en un poema. 

Grillo 

Él tiene sus modales

para decir amor 

no dice nada 

lleva las comisuras de mis labios 

fuera de su cuerpo

tienen palabras que me hacen falta

hace del amanecer un deseo 

 

me sonroja y se marcha 

con una sed que no le pertenece 

 

lleva algo de mi aire en sus pulmones 

trae animales en su boca 

que comen cuando lo beso 

 

yo lo ando sin culpa 

lo hago tierno en mis oficios (Rosas, 2015, p. 15).

Es de suma importancia alterar la fragilidad que sucinta la poeta en el quebranto llamado: “Frágil”, ya que se denota un juego femenino y a su vez poético con los perfumes. Quizás sean pócimas o elixires que atraen al lector por su amabilidad. Este verso evoca una gran depuración de lenguaje poético, en él danza la ternura arruinada por las caricias. Y al detenerse lo frágil en el tiempo, aparece y se siente la presencia de las uñas limpias que a su vez duelen. 

Cada movimiento conlleva a la ausencia del otro cuerpo, y es ahí donde se dan los frenéticos sobresaltos o el extrañamiento en los versos siguientes: /con trenzas en la garganta / soy una mujer que conoce / lo que ocurre en su refrigerador / intolerante a la lactosa / por culpa de un desaire / hecha de un vidrio frágil a tus ojos./. 

Todo en ese poema-mujer está construido por un vidrio muy tenue, cuya fragilidad le enternece cualquier desaire frente a otros ojos. Todo en ella es espejo. Reflejo que se regocija entre el canto quebradizo que emana del cuerpo esencial  del verso. 

Frágil  

Soy una mujer amable para los perfumes 

arruinada por las caricias 

con uñas tan limpias que duelen

sin atenciones difíciles para lo ajeno

con trenzas en la garganta  

 

soy una mujer que conoce 

lo que ocurre en su refrigerador 

intolerante a la lactosa   

por culpa de un desaire 

hecha de un vidrio frágil a tus ojos (Rosas, 2015, p. 16). 

 

Foto de Gantas Vaičiulėnas en Pexels

Partiendo entre los últimos recovecos que se desmigajan en la obra poética Quebrantos de Gabriela Rosas, aparecen pequeños esbozos de fisuras aún más desmanteladas, como inserciones poéticas que se soslayan con la ausencia dramática del cuerpo amado. Son diez Quebrantos y once Breves del cuerpo de los cuales se desborda el dolor que lo hace indefectible. Allí mora el mar al fondo del pecho, de alguien que amo, ahora difunto porque ya no existe. La sorpresa es la transfiguración del mar entre un verso tempestuoso y a su vez bello del poeta chileno Gonzalo Rojas: /De un modo casi humano te he sentido/. En este universo de mujer se cierran todos los bordes del amor fallido.   

IV

Apoyo mi cabeza contra el pecho de alguien que amé

un día o varios que igual es mucho tiempo

amé 

escucho el mar al fondo

me sorprende que siga estando allí 

y pueda oírlo con claridad 

 

Ahora que el mundo cierra todos los bordes de lo que pudo ser 

fallido 

como al final es todo alegría 

recuerdo un verso de Gonzalo Rojas:  

De un modo casi humano te he sentido. (Rosas, 2015, p. 20). 

Después llega el descenso en el Quebranto IX, el yo poético en su soledad, como una carga que trasciende hacia un lugar impaciente. Es la proximidad a un epitafio mientras ella camina y escucha ladrar el paisaje y el gemido entre los perros. Es la concatenación de la melancolía cuando sus ojos miran hacia adentro en cámara lenta el final de la bañera, el final del abandono en la penumbra. 

IX 

Una mujer atraviesa su suerte 

pasillo por pasillo 

en cámara lenta

 

Habita en soledad

el final de la casa

el final de los libros que leyó 

las películas que no le abandonan 

 

en  su cabeza una voz le repite: 

camina muchacha 

camina mientras ladren los perros

mueve los ojos adentro

que en la penumbra también te salvas (Rosas, 2015, p. 26). 

REFERENCIAS  

Jardiel. G. E. (2011). “José Martí y su teoría poética” en Revista de Filología, N. 29, España: Universidad de la Laguna.

Prado. J. (1993). Teoría y práctica de la función poética. Madrid: Cátedra.  

Rosas. G. (2015). Quebrantos. Argentina: Ediciones el Movimiento. 

Yurkiévich. S. (1996). Los avatares de la vanguardia. Madrid: Taurus. 

Wilson Guillermo Díaz Rodríguez (Bogotá, 1978). Cursa Estudios Literarios en la Universidad  Autónoma de Colombia. Ha sido promotor de literatura infantil y juvenil en espacios no convencionales desde el año 2006. Ha desarrollado talleres de lectura para niños y jóvenes. Algunos de sus poemas han sido publicados en la Fundación y Editorial DomingoAtrasado. Obtuvo el segundo premio en la categoría de ciencias humanas por su ensayo Ojos erectos, presentado en el Vigésimo Sexto Concurso Estudiantil “Fernando González” en el 2011 y el segundo premio en la categoría de ciencias humanas por su ensayo La apocalíptica Yoknapatawpha County, en tres relatos del escritor William Faulkner, presentado en el Trigésimo Concurso Estudiantil “Fernando González” en el 2014. Su poema Locomotora- Film fue seleccionado en el segundo semestre del 2013 en la revista cartagenera Cabeza de Gato. Ha sido uno de los ganadores en el primer Slam de Poesía en el Ring realizado por el colectivo Las Desobedientes en febrero del 2015. Participó en las VIII Jornadas Universitarias de poesía ciudad de Bogotá “Nuevas voces para la poesía Iberoamericana” en septiembre del 2016. Su libro de poesía Las Heridas del Ruido fue publicado por la Editorial y Librería La Valija de Fuego en diciembre del  2015. Una selección de sus poemas ha sido publicados en las revistas Literariedad y Primera Página de México.

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