La tierra de hielo

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Por J.C. Guinto

La luz del faro penetraba entre nubes espesas, oscuras, que cubrían un mar picado. El viento arreciaba, ululante. La gente se juntaba en grupos al interior de un café. Si no traías puesta la ropa adecuada, el frío podía ser mortal. Me encontraba en Garður, en la península de Reykjanes, a 40 kilómetros al sur de Reikiavik, capital de Islandia. Era invierno. Observaba el cielo cubierto de nubes, sentía en mi ropa los golpes del viento, tenía las manos ateridas a pesar de utilizar guantes; por momentos la ventisca me pegó en la cara y el frío resultó insoportable. Según la mitología nórdica, el viento es provocado por las alas de un gigante que tiene la apariencia de un águila.  

Foto de Zack Melhus en Pexels

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Tres días atrás llegué al aeropuerto de Keflavik. Fui recibido por un clima agreste: lluvia y aire gélido. Mientras me trasladaba a la capital, miré a orillas de la carretera rocas amontonadas que, gracias a la niebla y a sus formas, creaban la ilusión de ser personas que detuvieron su camino a mitad de la nada. 

Islandia está ubicada cerca del círculo polar ártico, el nombre de su capital, Reikiavik, significa “Bahía humeante”, debido a los vapores de aguas termales que encontró en la zona el primer colono, Ingólfur Arnarson, en el año 870.  La ciudad es pequeña, pero en ella vive un tercio de las personas del país. Aquí nació la artista Björk, y el futbolista Guðjohnsen, entre otros. También es una de las ciudades más seguras del mundo. 

Al salir a caminar encontré pocas personas en las calles, y me dio la impresión de que sólo los turistas nos paseábamos por ellas envueltos por capas de ropa para mitigar el frío. Las calles eran limpias. Caminé hasta el edificio Harpa, diseñado por el artista danés Olafur Eliasson, ubicado frente a la bahía Faxaflói. Es un centro cultural en el que se presentan eventos musicales y obras de teatro. El edificio está recubierto por paneles y ventanas que cambian de color. Caminé por el centro, lleno de tiendas de suvenires, cafés y librerías. Llegué a la iglesia luterana Hallgrímskirkja, una llamativa construcción que se divisa desde lejos. Parece una nave espacial a punto del despegue. Sus formas emulan la lava basáltica. Por dentro es sobria, de techos altos, tiene un órgano del que salían sonidos potentes. Afuera hay una estatua de Leif Eriksson, hijo de Erik el Rojo, explorador vikingo al que se le atribuye ser de los primeros europeos (anterior a Cristóbal Colón) en llegar a América.

Las personas se encontraban resguardadas en los restaurantes. Llegué a uno, pedí de comer y una cerveza. Había tres: Tuborg, Borg y Gull. Me recomendaron la Gull, una lager clara y fresca. La cerveza, me enteré después, estuvo prohibida hasta 1989 porque se consideraba antipatriótico tomarla, ya que la relacionaban con los daneses, de los que se querían independizar. Islandia formó parte del Reino de Noruega, posteriormente de la Corona Danesa, y se convirtió en República independiente en 1944. Los islandeses son altos, rubios, de ascendencia escandinava e irlandesa. El primer colono fue noruego. 

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A la mañana siguiente salí de la ciudad y visité cascadas que desembocaban en ríos revueltos, casi a punto de congelarse; observé géiseres de agua hirviendo que al ser expulsada soltaban el hedor del azufre; caminé entre las placas continentales norteamericana y euroasiática que se juntan y se aplastan en esta isla de paisajes infinitos, volcánicos, de largas cadenas de montañas nevadas que la oscuridad del invierno no me dejaba ver a plenitud. Se calcula que hay 130 volcanes en Islandia, con aproximadamente 18 en activo. 

Hay renos al este del país. En general, lo más común es ver focas en las playas de arena negra, ballenas jorobadas en el mar, y caballos de pelaje grueso, que trajeron los vikingos. Son pequeños y musculosos. Antes de que hubiera automóviles, fueron el único medio de transporte en un terreno agreste en el que se recorrían grandes distancias, a menudo a oscuras. 

De acuerdo con los textos de Snorri Stúrlson, escritor islandés nacido en 1179, el sol corre agobiado porque lo persigue un lobo llamado Skol, y en el momento en que lo atrapa se acaba el día. El ciclo se cumple con mayor rapidez durante el invierno, sin misericordia. En la ciudad el sol salía a las once de la mañana, apenas lo suficiente para calentar un poco, y se metía a las tres de la tarde. Sólo se asomaba de lado, desplazándose en el horizonte. Parecía que siempre era de noche: una boca de lobo. A través de las ventanas del autobús miré algunos cementerios, notables porque sus tumbas estaban decoradas con luces. 

Cené sopa de cordero en un restaurante. De hecho, me di cuenta de que el cordero era básico en la dieta de la isla: comí costillas, hamburguesas y croquetas durante mi estancia. También salmón y bacalao. Y aunque no se crea, en Islandia comen ballena, desgraciadamente está permitido cazarlas. 

Foto de Nicolas J Leclercq en Unsplash

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Al día siguiente visité el interior de un glaciar llamado Langjökull. Para llegar a él hay que tomar vehículos adaptados con llantas casi del tamaño de una persona, atravesar terrenos nevados, desiertos, parecidos a los que se ven en fotografías de la luna. Me encontraba a mitad de las regiones de Vesturland y Suðurland. Casi no había vegetación, ni animales a la vista. Dicen que, si uno se pierde en un bosque de Islandia, lo único que tiene que hacer para salir es levantarse. El bosque no mide más que el tamaño de una persona. Y mientras más se asciende a las tierras altas, desaparece. Las condiciones eran extremas. Salir al exterior de los vehículos era aterirse de inmediato. Pero el paisaje era espectacular: nieve sobre nieve extendida en un vasto horizonte salpicado de rocas y altas montañas. En mi grupo había muchas japonesas. Subimos al vehículo y comenzó el ascenso. 

En algún momento la blancura se volvió total. Sin esperarlo, una de las llantas del vehículo cayó en una zanja, las japonesas que estaban dormidas y sin el cinturón de seguridad puesto cayeron de lado. Pensé que nos voltearíamos. El paisaje se inclinó. No podíamos salir, la puerta quedó atascada. El conductor y dos auxiliares cavaron con sus palas, encendieron el motor, pero no salimos del atasco. ¿Y si no lo lograban, y si quedábamos atrapados en medio de ninguna parte? El guía, un tipo alto y con cara de gnomo, contó que un chico que trabajó con ellos haciendo tours con motonieves, un día cayó a un hueco y se quedó solo, pero logró sobrevivir porque traía una galleta cubierta de chocolate llamada Prince Polo, la partió en cuatro partes y cuando se comió la última fue hallado con vida. Dio la casualidad que la noche anterior compré uno, saqué mi Prince Polo y el guía sonrió con todos sus dientes. Lo llamaron por radio y le informaron que vendría una grúa a sacarnos. 

Minutos después llegó Thor. No se llamaba así, pero bien podría serlo. El conductor de la grúa era un gigante de barba rubia que nos sacó del atasco. Aplaudimos, dimos gracias por escapar de una tumba de hielo. Continuamos el ascenso, llegamos al glaciar y nos adentramos a él por un túnel resbaladizo. Nos colocamos los crampones para tener una mejor pisada. Todo era hielo. Iluminado por leds, los tonos azules se multiplicaron. 

El túnel medía 500 metros. Arriba de nosotros había 25 metros de hielo hasta la superficie, y 200 metros de hielo sólido bajo nuestros pies. El silencio era casi total, sólo se escuchaban nuestras pisadas y el sonido de las cámaras fotográficas de las japonesas. Había una capilla de hielo con el suelo inundado, también algunos huecos azules provocados por deshielos que llamaban molinos, si alguien caía por allí nadie podría rescatarlo, explicó el guía. Salimos a la nieve. 

El paisaje resultaba perfecto para una película de ciencia ficción, ya que en cualquier momento parecía que una criatura fantástica saldría de la ventisca. El viento cesó. Traté de tomar una foto, me quité un guante y el frío que sentí resultó insoportable, la sangre huyó de mi mano y me dolió moverla. De inmediato la cubrí. Regresamos. La soledad que observé en el camino de vuelta fue infinita y helada. La noche parecía eterna. Pensé en Odín, quien según las leyendas al final de los tiempos será devorado por un lobo llamado Fénrir, hijo de Loki. Y el mundo arderá. Pero después de la destrucción, pasado el tiempo, la tierra “estará verde y hermosa”.

Foto: Bailey Zindel en Unsplash

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La noche siguiente fui a la península de Reykjanes. La luz del faro giraba en la insondable orilla. A veces, dicen, se han visto osos polares en las costas. Viajan en bloques de hielo durante el invierno, y cruzan a nado el mar helado desde Groenlandia. Pero en el lugar en el que estaba sólo veía olas oscuras, un cielo cubierto de nubes y copos de nieve que revoloteaban por culpa del viento. 

Luego de un par de horas el cielo se despejó y el viento amainó. Se veían puñados de estrellas rutilantes, la constelación más clara era la de Orión. Se hizo el silencio. En mitad del cielo surgió un largo halo de luz verdosa. No se veía tan nítida como en las fotografías, pero frente a nosotros, una turba de turistas, se alzaba la aurora boreal. Parecían pinceladas de luz tenue deslizándose en la nada. Se movía, pero al mismo tiempo, por extraño que parezca, daba la impresión de permanecer en el mismo sitio. Era una luz fantasma anclada en el oscuro horizonte. Son llamadas luces del norte, northern lights, pero son más conocidas como auroras boreales. Son partículas de viento solar que chocan con la magnetósfera, según la ciencia, pero también son armaduras de valquirias o colas de zorro, de acuerdo con leyendas escandinavas. Una danza hipnótica de luz espectral.  

Regresé a Reikiavik, lleno de asombro. Las calles estaban tapizadas de nieve; caminé y el sonido de mis botas al pisarla fue crujiente, nítido e inolvidable. No había personas, sólo una fabulosa ciudad de casas coloridas ubicada al norte del mundo, en una isla de hielo y fuego.

J.C. Guinto (Guerrero, 1979), es comunicólogo y estudió literatura latinoamericana en Buenos Aires. Escribe crónicas, cuentos y reseñas; colabora en diversas publicaciones impresas y en línea; tuitea en @jcguinto y vive en Tlatelolco.

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