Sobre el placer de escribir cartas 

Por Natalia Bocanegra

Antaño, la gente escribía cartas. Recuerdo que mi abuela María las mandaba de Guadalajara, no las escribía ella, pues era analfabeta, las dictaba a mi tío Arturo que solía divertirse agregando alguna que otra broma de la que seguro no se enteraba ella. No puedo dejar de imaginar la escena. 

Estas cartas, envueltas en un sobre largo con un margen de pequeñas franjas verdes, blancas y rojas y con un timbre postal en la esquina superior derecha, llegaban varios meses después de la fecha en que fueron enviadas. 

A pesar de eso, mi madre las recibía con cariño, pues suponían el hechizo de romper la distancia entre Guadalajara y la Ciudad de México. 

A partir del confinamiento por la pandemia, ha habido tiempo para buscar entre cajones, desempolvar álbumes fotográficos y revisitar esas viejas cartas. He pensado en las implicaciones de escribir cartas, en lo poco que ahora se hacen a partir de la digitalización de las últimas décadas. Sobre todo, he pensado en el placer que implica escribirlas, en el desnudo que permiten y propician. 

Una carta es muchas cosas: promesa, olvido, distancia, recuerdo, anhelo; depende, sobre todo, de la razón que las motive. Lo cierto es que escribir una carta encierra un placer íntimo, que, como todo placer, es personal y ambiguo. Igual que morder un mango, ver volar una guacamaya, caminar en el bosque, ver el cielo o sentir el oleaje. 

No puedo describir un sentimiento universal sobre escribir cartas, pero puedo afirmar que su escritura  encierra un acto ritual, relacionado en primera instancia con el proceso íntimo de la escritura; después, con la búsqueda de una figura ausente y, al final, con la espera que involucra que la carta llegue a su destino y —si se corre con suerte— regrese una respuesta. Es un ir y venir, un vaivén hecho de palabras. 

Imagino que escribir cartas es tender un puente hacia la ciudad interior de otro, con la esperanza de que nos invite a caminar sus calles y nos muestre sus pasadizos. Por supuesto, quien envía la misiva manda ya una cartografía detallada con coordenadas, pues es quien busca aquella unión que hace falta. Unión porque uno está aquí y otro allá. Y lo hace bajo el conjuro de que la palabra rompa, —con la ilusión que encierra toda escritura— la distancia entre una persona y otra. 

Foto: Annie Spratt en Unsplash

Natalia Bocanegra. Persona que levita. Sacada de otra era. 

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