La paradoja del dolor ajeno

Por Luis Fernando Cervantes

¿Cómo se puede ser tan insensible? Del otro lado de la pared él está sufriendo. Hasta aquí se escuchan sus lamentos. Entonces me levanto de la cama y voy a la esquina de la casa en donde efectivamente se puede ver al otro lado, a la casa del vecino. Mis ojos lo ven, está ahí tirado, junto al zaguán, no puede levantarse, está profiriendo sandeces producto del delirio y del dolor. Pero no hago nada, sólo observo detenidamente cada uno de sus movimientos. Vuelvo a escuchar su llanto infantil clamando piedad al Dios de nuestros padres. Mi alma insiste en saltar o darle la vuelta a la cuadra para llegar hasta él. Lo tomaría de la mano, lo abrazaría y le ayudaría para que se recostase en un lecho más ameno que la tierra seca de este pueblo. Podría llevarle agua y comida, porque según dicen mis padres y mis abuelos: “a nadie se le niega un taco”. Pero no hago absolutamente nada, sólo observo, sólo miro con curiosidad malsana. 

Vuelvo a mi lecho pensando en lo cobarde que soy. Me recuesto y pienso una y otra vez que la vida de una persona está en mis manos; puede que sea el único ser humano en el mundo que ha escuchado sus lamentos. De los millones de seres humanos soy yo el único que escucha cómo su vida se enfría lentamente. Pero no hago nada, ni lo haré, estoy más convencido de que me es imposible por alguna fuerza misteriosa que me ata los pies de este lado de la tierra. 

¿Qué obtendría de una persona como él? No tiene nada y dudo que cambie sus hábitos que lo han llevado hasta ese extremo. ¿Qué dirán de mí? Siempre digo que no me importa lo que piensen de mí, pero en el fondo sigo siendo ese niño minúsculo que busca la aprobación de los demás. Vuelvo entonces la mirada a su recuerdo, al cuerpo humano en estado de degradación. Ahí sigue el lamento, ahí sigue la mano tendida al cielo en busca de perdón, pero sólo una persona lo ha escuchado y calla, y prefiere ignorar, como un dios siniestro que goza del poder que le han concedido: sólo yo decido si vive o muere.

No puedo hacer nada por él. Es su derecho a intoxicar su cuerpo mientras no dañe a nadie más. Si interfiero entonces estaría yendo en contra de su libertad. Así es como trata de convencerme mi parte racional, sin embargo no es suficiente. Surge la frase dostoievskiana de que he fallado al preferir “la idea de la vida antes que la vida misma”, pero es que realmente no encuentro solución, así que sólo escucho sus quejidos a través de las paredes.

Dentro de la habitación, mi esposa duerme tranquilamente, ignorante del dolor ajeno, pero preocupada desde su alma por mi destino. En su caso, ella sí se ha preocupado de un ser en semejantes penas. Ella sí tendió su mano al rescate de un alma errante. Y con amor y paciencia, salvó el sino de un vago, de un inútil que con alcohol trataba de borrar el recuerdo de su padre. La diferencia fue el amor, etéreo o carnal, pero amor a fin de cuentas. Tal vez, acaso, en el potencial que encerraba este corazón arrepentido, que con su magia ancestral pudo ver dentro de mí. Pero igual pudo callar, pudo guardar su mano y seguir sus propios pasos sin ataduras.

cuento dolor ajeno
Foto de cottonbro en Pexels

Y es que en este mundo somos simples niños que elevamos el llanto a algo que nos socorra, que nos levante del lodazal de nuestra existencia. Oramos para que algo nos dé sentido, que alguien diga quién somos y cuál es nuestro destino. Y aunque sepamos que es imposible, simplemente hacerle caso, engañarnos a nosotros mismos, pues de antemano conocemos la respuesta: no hay nada, como la vida misma, nos empecinamos en sobrevivir estúpidamente.

Mientras estas máximas nimias de mi pensamiento deambulan por la habitación, allá sé que el otro no necesita de mis ideas, no necesita ningún concepto de vida ni razones para vivir. Sólo tiene miedo, es un animal atrapado cuyos miembros empiezan a heder a muerte. Sabe que se acerca el final porque dentro de sí habita su fin último. Así su existencia implosionará en una podredumbre pululante de vida. ¡Gloria a Dios por la resurrección!

Entonces oigo un grito desesperado que rompe el silencio. Allá donde la noche se extiende tranquila, fresca y deliciosa, habita el dolor del hombre común que no puede dormir porque la vida se le acaba. Entonces vuelve de su ensoñación, interesada únicamente en mi descanso, reprocha mi obstinación por la vigilia gratuita de cada noche. “Es que me preocupa el vecino” respondo sigiloso, sabiendo anticipadamente que su respuesta será negativa. “Déjalo en paz, ni siquiera tienes dinero hasta la quincena. ¿Qué le vas a dar?” su respuesta es fulminante.

Mañana él será el mismo de siempre. Lo veré sentado en la esquina de su casa, disfrutando los primeros rayos del sol que calientan esos huesos que la fría noche se encargó de fragmentar. Así su sanación recorrerá el ciclo, su voluntad antes lánguida cobrará bríos. Entonces vendrán aquellos que padecen sus mismos dolores, pero que aún disponen de más arena en su reloj biológico. Portarán el estandarte del placer fugaz, el único que han conocido, pero el más eficaz para acercarlos a la materia divina de sus almas y el autoconocimiento. Darán jaque a esa prisión del alma, para elevar su psique a los tiempos primigenios donde el demiurgo daba forma a su creación. Ahí pedirán un día más, para ellos y para la triste y decadente especie humana. Serán uno con aquello que los sabios llaman “verdad” y serán felices como ningún otro, mientras que aquí sus cuerpos se tuestan al medio día de este páramo reseco y una sombra de vómito circunda su existencia, permitiéndoles la invulnerabilidad social. Entonces comenzará la estrepitosa caída del alma hasta darse de bruces con el pavimento, entonces comprenderán que su individualidad los mantiene solitarios hasta que aquellos ojos rojos se cierren para siempre. Lágrimas serán derramadas nuevamente en el ocaso y el rito que mantiene el cauce del universo estará completo a cambio del sufrimiento de unas cuantas almas insignificantes, escoria de la sociedad, les dicen.

Lamentablemente las verdades del mundo aplastan mis ilusiones de tener el control sobre una vida. Ni las imágenes trágicas ni gloriosas han de poder mover mi cuerpo de su estatismo. Sigo entre las sombras de un hogar cálido y lleno de libros. Si ni siquiera me he podido salvar a mí mismo, mucho menos podré rescatar al espécimen cúspide de la evolución humana, adalid, Elohim encarnado. Guíame.

Tengo sueño, es la única realidad que me carcome; y tal vez sea el insomnio el único que esté detrás de esta preocupación. Si sólo pudiera dormir, callar las voces, gozaría de esa invisibilidad del dolor ajeno. El mundo se haría a mi imagen y semejanza. Quiero ser como los otros. Por favor, que alguien se apiade de mí, estoy cansado.

cuento dolor ajeno
Foto de Jesse Yelin en Pexels

Fernando Cervantes (San Salvador Atenco, Estado de México, 1989). Estudió Lengua y Literaturas Hispánicas en la UNAM. Redactor en LINNE Magazine. Sus cuentos han aparecido en Revista Marabunta y Revista Hysterias. Sufre de trastornos del sueño y otros males de la psique.

lf.cervram@gmail.com

Twitter: @FernandoCervan3

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